Formar parte de los Navy SEALs implica enfrentarse a una de las rutinas militares más rigurosas del mundo. Antes de cualquier misión real, los aspirantes deben superar un proceso de selección célebre por su intensidad física y psicológica. Una de las fases más conocidas recibe el nombre de “Semana Infernal” (Hell Week), durante la cual los participantes son sometidos a privaciones de sueño, frío extremo, esfuerzo físico continuo y presión constante. Se estima que la mayoría de los candidatos abandona en esta etapa.
Este tipo de adiestramiento es la razón por la que una unidad especial de la Armada de Estados Unidos fue escogida para llevar a cabo una de las operaciones más delicadas e influyentes del siglo XXI: la misión que culminó con la muerte de Osama bin Laden en Abbottabad, Pakistán, en mayo de 2011.
La operación, denominada Operación Neptune Spear, contó con la participación de miembros del SEAL Team Six, un grupo de élite entrenado para actuar en las situaciones de mayor riesgo. Entre los efectivos se encontraba Robert O’Neill, quien años más tarde comenzó a compartir detalles inéditos de su experiencia en aquella acción.
Según relató O’Neill, la preparación de la misión duró apenas unas semanas. En un primer momento, los implicados desconocían la magnitud histórica del objetivo. Todo cambió en el instante en que figuras de alto rango —entre ellas el vicepresidente, el secretario de Defensa y el secretario de la Marina de Estados Unidos— asistieron a la reunión de presentación de la operación.
A partir de ese momento, quedó claro que no se trataba de una intervención rutinaria. El objetivo era el hombre más buscado del mundo, identificado por Washington como el cerebro de los ataques del 11 de septiembre de 2001.
Para minimizar errores, los militares ensayaron sus papeles una y otra vez en entrenamientos que simulaban entradas, desplazamientos y reacciones dentro de un complejo amurallado. Cualquier fallo podía costar la vida a los miembros del equipo.
En la noche de la operación, los SEALs penetraron en la residencia fortificada de Abbottabad. Según los testimonios, el asalto –desde el aterrizaje hasta la extracción– duró apenas nueve minutos.
Al ingresar en el interior, O’Neill declaró al New York Post que reconoció de inmediato a Bin Laden. Se mostró sorprendido por la apariencia del líder de Al Qaeda, quien parecía más delgado de lo que las fotos públicas habían sugerido.
O’Neill narró que disparó dos veces a la cabeza de Bin Laden, que cayó al suelo junto a la cama. El instante produjo una reacción de asombro incluso en él, pues necesitó unos segundos para asimilar lo que acababa de ocurrir.
“Yo acabo de disparar a Bin Laden. ¿En serio?”, rememoró O’Neill con incredulidad.
A continuación, recibió órdenes para recolectar equipos informáticos y cualquier material de inteligencia disponible en la residencia. Otro miembro del equipo le espetó: “Acabas de matar a Osama bin Laden; tu vida va a cambiar para siempre, pero regresa al trabajo ahora mismo”.
Esa frase resume la naturaleza de operaciones de tan alto riesgo: incluso ante un acontecimiento de resonancia histórica, la misión no concluye con la eliminación del objetivo. Tras ese momento decisivo, los SEALs debían asegurar y revisar cualquier indicio que pudiera revelar redes de apoyo, comunicaciones y futuros planes terroristas.
Una vez finalizada la acción, el cuerpo de Bin Laden fue trasladado por las fuerzas estadounidenses y sepultado en el mar el 2 de mayo de 2011. La decisión oficial se basó en evitar que se convirtiera en lugar de peregrinación para extremistas y en la dificultad de hallar un país que aceptara el cadáver en las primeras 24 horas, según la tradición islámica.
Años después, O’Neill compartió un sentido arrepentimiento respecto a la manera en que Bin Laden perdió la vida y al destino final de su cuerpo. Sostuvo que, de haber dependido de él, habría actuado de otro modo.
“Yo lo habría colgado de un puente en la ciudad de Nueva York y habría dejado que la gente lo viera,” aseguró.
Esa declaración refleja la carga emocional que aún perdura para algunos participantes, sobre todo debido al recuerdo de las víctimas del 11 de septiembre. O’Neill insistió en que el equipo no buscaba notoriedad, sino rendir homenaje a las vidas segadas en aquel ataque.
Recordó, por ejemplo, “a la madre soltera que dejó a sus hijos en el colegio un martes por la mañana y, una hora después, se lanzó desde una torre del World Trade Center, aferrándose a su falda como último acto de dignidad humana”.
La Operación Neptune Spear se ha convertido en una de las misiones militares más emblemáticas de la historia reciente de Estados Unidos. Para O’Neill, sin embargo, el capítulo no concluyó al abandonar Abbottabad: lleva consigo el peso de haber formado parte de un suceso que transformó su propia existencia.


