El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, líder del Partido Republicano, llega a las elecciones de mitad de mandato el 3 de noviembre con la aprobación más baja del siglo. Según un sondeo de Ipsos del 24 de agosto, solo el 33 % de los estadounidenses aprueba su gestión. Este índice tan bajo sitúa a la campaña republicana en desventaja antes de las midterms, comicios capaces de alterar el equilibrio de fuerzas en el Congreso.
Históricamente, las elecciones de mitad de mandato en EE. UU. tienden a revertir la configuración del poder legislativo. Cuanto peor es la valoración del presidente a mitad de mandato, mayor suele ser el número de escaños que pierde su partido tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado. En general, se renueva la totalidad de los 435 escaños de la Cámara y aproximadamente un tercio de los 100 del Senado, lo que convierte este pleito en un indicador sensible de la popularidad presidencial.
La única excepción notable desde 2002 ocurrió durante la primera legislatura de George W. Bush, también republicano, que obtuvo un respaldo del 66 % en un contexto marcado por los atentados del 11 de septiembre de 2001. La elevada percepción de eficacia en materia de seguridad nacional y lucha contra el terrorismo reforzó ese apoyo popular, de modo que los republicanos mantuvieron sus posiciones en ambas cámaras.
En sentido inverso, la presidencia de Barack Obama registró en 2010 una valoración del 45 %, pero los efectos de la crisis financiera de 2008 y la subsiguiente recesión incrementaron notablemente el paro. En abril de 2010, la tasa de desempleo alcanzó el 9,9 %, y los demócratas sufrieron pérdidas de 63 escaños en la Cámara y 6 en el Senado. Al mismo tiempo, surgió con fuerza el movimiento Tea Party, que criticó el aumento del gasto público, la elevación de impuestos y la ampliación del papel del gobierno en la economía. Según datos de la Brookings Institution, 85 legisladores con respaldo del Tea Party accedieron al Congreso tras esas elecciones.
De cara a las midterms de 2026, la tendencia histórica sugiere nuevas pérdidas para el partido en el poder, agravadas por la baja aprobación de Trump. Entre los factores de vulnerabilidad destacan las consecuencias de la guerra con Irán —iniciada el 28 de febrero— y la elevada inflación, que avanza al ritmo más alto de los últimos tres años. El encarecimiento de los carburantes, potenciado por el bloqueo del estrecho de Ormuz, está impactando de lleno en el bolsillo del consumidor.
Las elecciones de mitad de mandato suelen servir de termómetro para medir la confianza de los ciudadanos en la gestión del Ejecutivo. Cuando el índice de aprobación del presidente desciende por debajo del 40 %, el partido en el poder suele ceder un número significativo de escaños. En este sentido, la actual cifra del 33 % puede prever un escenario favorable a los demócratas en distritos tradicionalmente disputados.
El Índice de Precios al Consumidor (IPC), uno de los indicadores clave que publica mensualmente la Oficina de Análisis Económico de EE. UU., refleja incrementos superiores a los objetivos del 2 % marcados por la Reserva Federal. Trump ha llegado a declarar que “ama la inflación” y ha exigido directrices al sector energético para que rebaje el precio de la gasolina de manera inmediata. Sin embargo, las medidas ejecutivas no bastan para contener una serie de factores globales que inciden en el coste de la vida.
Por último, la guerra con Irán y las tensiones en Oriente Medio elevan la volatilidad de los mercados internacionales de crudo. Cuando aumentan los riesgos de interrupción del suministro, los precios se disparan y la presión sobre la política interna se intensifica. En un sistema donde la percepción de la economía es clave para el voto, la suma de inflación, combustibles caros y descontento puede resultar decisiva en los próximos comicios legislativos.


