El martes empezó en Londres con una fuerte tormenta, repleta de truenos, relámpagos y tanta lluvia que provocó inundaciones en las vías y retrasos en todo el transporte público de la ciudad. A primera hora, las estaciones de trenes y varios túneles bajo tierra estaban anegados, lo que obligó a cancelar servicios y a desviar pasajeros hacia autobuses de sustitución. La escena contrastaba con la habitual imagen de Londres: elegante y previsible, pero hoy sorprendía con un clima especialmente voluble.
Me desperté a las tres de la mañana con el sonido del agua golpeando la ventana y ya no pude volver a dormir. Mi preocupación era práctica: había acudido a la capital británica para cubrir eventos de la London Climate Action Week, un encuentro anual que reúne a expertos, activistas y responsables políticos para debatir soluciones al cambio climático. Necesitaba asegurarme de que el equipo de grabación y la logística del reportaje estuvieran listos, pese a las condiciones meteorológicas extremas.
Sin embargo, la ciudad guardaba otra sorpresa. Apenas unas horas después de la tormenta, llegó un calor intenso que volvió a generar problemas en el transporte público, aunque por un motivo opuesto. En menos de una mañana, Londres experimentó dos extremos climáticos: primero inundaciones y luego temperaturas que superaron los 30 °C en algunos distritos, un contraste que obligó de nuevo a limitar la circulación de trenes y a activar alertas por calor.
No es de extrañar que digan que el tiempo atmosférico es el tema favorito de conversación en el Reino Unido. Hoy resultaba imposible eludir el debate sobre lluvia, sol, viento o calor. Pero, para ser sincera, mi atención llevaba días centrada en otro fenómeno desde que llegué el pasado viernes: la proliferación de lo que he bautizado como “gadgets de la crisis climática”.
El más popular de estos dispositivos es el ventilador portátil. Ventiladores ha habido durante décadas y las empresas siempre han lucrado con el confort: aparatos de aire acondicionado, piscinas portátiles, enfriadores de agua. Lo que está cambiando ahora es la motivación y el diseño: hablamos de una nueva categoría de productos destinados a enfrentar olas de calor cada vez más frecuentes e intensas que, hasta hace poco, resultaban excepcionales.
Estamos entrando en una era en la que las grandes compañías tecnológicas ya no comercializan solo conveniencia, sino herramientas de supervivencia térmica. Cuando algunas de las marcas más reconocidas del mundo invierten ingentes sumas de dinero en pequeños dispositivos personales de refrigeración, quizá nos estén alertando de algo que aún nos resistimos a admitir: el calor extremo ha dejado de ser un fenómeno puntual para convertirse en parte de la rutina cotidiana. Y, como toda nueva realidad, ya tiene incluso su propio modelo de negocio.
Para entender mejor este fenómeno me puse a investigar. En los últimos meses, empresas hasta ahora asociadas con aspiradoras, electrodomésticos y electrónica de consumo han lanzado una serie de productos específicos: ventiladores de mano compactos, sistemas de pulverización de niebla refrescante, collares con placas térmicas y hasta una suerte de “aire acondicionado portátil para vestir”.
La firma Dyson ha presentado el HushJet Mini Cool, un ventilador portátil que puede sostenerse con la mano, colgarse al cuello o apoyarse sobre una mesa. Shark, por su parte, ha respondido con el ChillPill, que combina ventilación, niebla refrescante y una superficie metálica refrigerada que enfría directamente la piel. Sony continúa perfeccionando su Reon Pocket, un dispositivo vestible que reduce la temperatura corporal a través de contacto con la piel y un sistema de placas termoeléctricas.
Comenté estas innovaciones con colegas de la redacción y lo que más me llamó la atención no fue el nivel técnico —la innovación siempre detecta nuevas necesidades—, sino el trasfondo: estas empresas están apostando a que el calor extremo dejará de ser un episodio aislado y pasará a formar parte permanente de la vida moderna.
Hay, además, otra dimensión digna de reflexión. Estos aparatos tienen un precio de entre 117 € y 234 € según la cotización actual. No son productos de precio asequible para gran parte de la población. Mientras un segmento de la sociedad adquiere dispositivos sofisticados para combatir jornadas de más de 40 °C, otro gran número de personas afronta el calor sin sombra, sin ventilación adecuada y, en muchos casos, sin suministro eléctrico fiable.
La adaptación al cambio climático se está convirtiendo ya en un mercado pujante. Pero queda una pregunta incómoda: ¿será el frescor un derecho universal o un privilegio para quien pueda pagarlo? Al recorrer las calles de Londres, entre ventiladores de bolsillo, avisos de ola de calor y lluvias torrenciales, no puedo evitar pensar que nos hemos convertido en expertos en mitigar las consecuencias de un gran problema. Lo verdaderamente urgente sería demostrar el mismo empeño para abordar sus causas de raíz.


