Joven psicópata belga revela táctica fría de manipulación (Foto: Instagram)
Con 25 años, el belga Loic De Marie llama la atención no solo por hablar abiertamente de su vida, sino por la fría manera en que describe su visión de las personas. Diagnosticado a los 23 años con psicopatía, trastorno de personalidad antisocial e impulsividad con rasgos narcisistas, dice que siempre se sintió diferente. Para Loic, esa diferencia no surgió como un descubrimiento repentino, sino como algo presente desde la infancia, una especie de distanciamiento emocional que lo separaba de cómo los demás reaccionaban al miedo, al dolor y a la tristeza.
En Estados Unidos, la psicopatía no se considera un diagnóstico clínico formal. El término se utiliza generalmente para describir características asociadas al trastorno de personalidad antisocial, como baja empatía, tendencia a la manipulación y escasa demostración de remordimiento. Aun así, casos como el de Loic suelen despertar curiosidad por dar rostro, voz y relato a un tema que generalmente está rodeado de estereotipos.
En una entrevista para el programa Minutes With, de LADbible Stories, contó que percibió desde muy niño que sus emociones no funcionaban como las de los demás. Uno de los episodios más impactantes que recuerda ocurrió cuando tenía solo seis años. Según Loic, su hermana se estaba ahogando en una piscina, pero él no la ayudó porque sus ropas estaban limpias. Este relato, expuesto sin grandes demostraciones emocionales, ilustra el tipo de desconexión afectiva que afirma haber cargado a lo largo de su vida.
Otro momento significativo, siempre según su relato, sucedió cuando un compañero de escuela falleció en un accidente de tráfico. Mientras todos lloraban a su alrededor, él no comprendía aquella conmoción. En su percepción de entonces, las personas parecían “débiles” por reaccionar de ese modo. Aquel episodio habría sido una de las primeras veces en que se percató de que no solo sentía diferente, sino que interpretaba el sufrimiento ajeno de forma completamente ajena a los demás.
Con el tiempo, Loic asegura haber aprendido a enmascarar esa falta de reacción. Afirma que llegó a mostrar un aspecto encantador, amable e incluso empático de cara al exterior, a pesar de no sentir nada de eso internamente. Esa capacidad de imitar emociones se convirtió, en su opinión, en una herramienta social tremendamente eficaz. Para él, las emociones funcionaban como un idioma extranjero: algo que debía estudiarse, practicarse y emplearse en los momentos adecuados.
Según su propio testimonio, este “disfraz” le facilitaba la aproximación a otras personas. La sonrisa, el tono de voz, el gesto de ayuda y la postura corporal se convertían en instrumentos para generar confianza. No se trataba, en sus palabras, de un vínculo auténtico, sino de una estrategia. “Tu cuerpo es como un instrumento, y puedes transferir emoción a los demás simplemente haciendo un gesto”, declaró.
Una de las partes más inquietantes de la entrevista aparece cuando Loic describe a los individuos que resultan más fáciles de manipular. Explica que los psicópatas tienen un instinto muy afinado para detectar quiénes están más vulnerables. Basta con observar cómo camina alguien, cómo habla o cómo se presenta para advertir señales de timidez, inseguridad o fragilidad emocional.
Loic afirma que solía buscar un perfil concreto: mujeres sin presencia paterna, personas con tendencia a la depresión e individuos muy empáticos. Según él, en la mente de quienes reúnen esas características, ganarse la confianza podía traer resultados más rápidos. Su discurso resulta perturbador porque presenta la manipulación no como un acto impulsivo o aislado, sino como un cálculo frío y oportunista.
Aunque admite no sentirse orgulloso de ello hoy, explica que en su momento la lógica era sencilla: manipular suponía obtener un beneficio. Para sacar provecho de alguien, solo era necesario ganarse su confianza. “La manipulación consiste en una sola cosa: el beneficio”, afirmó. Y resumió su mentalidad de entonces: “Solo quiero cosas buenas en la vida, y voy a conseguirlas”.
Esa perspectiva delata una relación instrumental con los demás. Las personas dejan de verse como seres completos y pasan a concebirse como medios, recursos u obstáculos. El objetivo no es el vínculo, sino el resultado. Y, según Loic, el aspecto físico también formaba parte de esa ecuación.
Describe la sonrisa perfecta como un “arma letal” para un psicópata. En su explicación, la primera impresión puede abrir puertas antes de que la otra persona advierta cualquier peligro. Un desconocido se acerca, ofrece ayuda, habla con simpatía y transmite seguridad. Por dentro, sin embargo, no existe una preocupación genuina: lo que hay es una lectura cuidadosa de la situación y la búsqueda de una ventaja.
Desde 2023, Loic asegura estar en terapia y sostiene que su vida ha cambiado por completo. Intenta ser honesto “al menos hasta donde puede” y cree que las personas confían más en él al percibir el esfuerzo detrás de su empeño por cambiar. “A veces es difícil. Pero creo que esta es mi manera de ser honesto”, declaró.
No obstante, sus palabras siguen generando incomodidad. Aunque reconoce comportamientos manipuladores y dice haber iniciado un proceso de transformación, también afirma no arrepentirse de nada. Para él, incluso en el pasado tuvo una vida “bonita”. La contradicción llama la atención porque evidencia la complejidad del asunto: reconocer que se hizo daño no implica necesariamente sentir culpa de la forma en que la mayoría espera.
Loic también reveló que desea dedicarse a la política, lo que añade un elemento de debate a su historia. Carisma, confianza pública, lectura emocional y capacidad de persuasión son habilidades muy valoradas en ese ámbito. Cuando alguien que se define como manipulador habla abiertamente de usar gestos, apariencia y empatía fingida para influir en la gente, surge una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto somos capaces de distinguir la sinceridad de la puesta en escena?
El caso de Loic no debe emplearse para estigmatizar a todas las personas con trastorno de personalidad antisocial. Un diagnóstico o determinados rasgos psicológicos no convierten a alguien automáticamente en un peligro, en un criminal o en un ser incapaz de cambiar. Al mismo tiempo, su testimonio muestra cómo ciertos patrones de manipulación se ocultan tras comportamientos socialmente valorados: el encanto, la atención, la ayuda desinteresada, la confianza y las palabras bien elegidas.
Su historia subraya también un aspecto delicado: la vulnerabilidad emocional puede detectarse y explotarse por individuos malintencionados. La timidez, la carencia, la depresión, la baja autoestima o el deseo intenso de agradar pueden convertirse en puertas abiertas cuando alguien sabe exactamente qué botones pulsar. No todo gesto amable encierra un riesgo, pero tampoco toda sonrisa nace de buenas intenciones.
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