Kokichi Akuzawa, un japonés de 102 años, se convirtió en la persona de mayor edad en alcanzar la cima del Monte Fuji, en Japón, a principios de agosto. Nacido en 1923, completó la ascensión de la montaña, que se eleva 3.776 metros sobre el nivel del mar, pese a haber afrontado diversos problemas de salud a lo largo de este año. Su hazaña fue reconocida oficialmente por Guinness World Records, la organización encargada de certificar marcas y logros extraordinarios en todo el mundo.
Akuzawa no es ajeno a esta experiencia: ya había escalado el Monte Fuji a los 96 años y, seis años más tarde, decidió volver a enfrentarse al mismo recorrido hasta el punto más alto de la montaña. “Soy seis años mayor que la última vez que subí”, declaró a la agencia AFP con la naturalidad que le caracteriza. A pesar del nuevo récord, el propio Akuzawa restó dramatismo a la conquista: “Estuve allí y observé el paisaje muchas veces, no fue nada especial”, añadió, en una muestra de la serenidad que acompaña a quienes practican el montañismo con regularidad.
La subida al Monte Fuji constituye un desafío tanto físico como logístico. Situado en la isla de Honshu, el volcán alcanza su cenit a 3.776 metros de altitud y atrae anualmente a cientos de miles de aficionados. Existen varias rutas de ascenso —como la Yoshida, Subashiri, Gotemba y Fujinomiya—, cada una con sus refugios montañeros, puntos de descanso y distintas dificultades técnicas. La temporada oficial de ascensiones va de julio a septiembre, cuando la nieve se retira y las temperaturas, aunque bajas, permiten un tránsito relativamente más seguro.
Este segundo ascenso de Akuzawa tuvo lugar tras una serie de contratiempos de salud. En enero, sufrió una caída mientras escalaba una pequeña montaña próxima a su residencia. Poco después, desarrolló un brote de herpes y, finalmente, ingresó en un hospital debido a una insuficiencia cardíaca. Pese a estos episodios, el octogenario decidió mantener su plan de conquistar de nuevo el techo de Japón y, según relató su hija, Yukiko, de 75 años, su recuperación sorprendió incluso a los médicos. “La mejoría fue tan rápida que no podían creerlo”, afirmó la mujer, en referencia al ritmo con que su padre superó las complicaciones clínicas.
Para que Guinness World Records certifique un nuevo registro, el aspirante debe presentar pruebas documentales y testimonios de testigos, además de acreditarse con fotografías, vídeos y, en ocasiones, la presencia de un juez oficial. En el caso de Akuzawa, la organización verificó cada paso de la ascensión y, tras confirmarlo, publicó su logro como un hito excepcional dentro del ámbito de los deportes de resistencia y la longevidad.
Al llegar a la cima del Monte Fuji, Akuzawa atendió las preguntas de los periodistas acerca de si planeaba una tercera incursión en el futuro. Su respuesta fue rotunda: “No, nunca más”. Con ello, puso punto y final a una historia que trasciende el mero récord – se trata de un testimonio de voluntad, disciplina y superación de obstáculos cotidianos y médicos.
El Monte Fuji, además de su importancia física y cultural —es Patrimonio de la Humanidad desde 2013—, representa un símbolo de conexión entre naturaleza y espiritualidad en Japón. Miles de peregrinos y senderistas se acercan cada año para contemplar sus laderas y disfrutar de la vista panorámica que ofrece su cima sobre las llanuras de Honshu y, en los días despejados, sobre la bahía de Sagami. La gesta de Akuzawa, en este contexto, recuerda que la edad no tiene por qué ser un límite infranqueable si existe motivación y estado físico, incluso en terrenos tan abruptos como los que rodean un volcán de casi 4.000 metros.


