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Joven de 20 años pierde la visión tras hábito cotidiano con lentes de contacto: “Nadie nunca me lo había dicho”

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Grace Jamison, de 20 años, perdió la visión de ambos ojos tras desarrollar queratitis por Acanthamoeba, una infección rara y grave de la córnea. El problema surgió después de un hábito que formaba parte de su rutina: ducharse con lentes de contacto.

La joven contó a la revista People, en una entrevista difundida este miércoles (02), que empezó a usar lentes a los 14 años y nunca le habían avisado de los riesgos de exponer los dispositivos al agua. “Antes de que ocurriera, nadie nunca me lo había dicho que no debería usar mis lentes de contacto en la ducha. Sabía que no debía nadar con las lentes, pero nunca pensé que el agua de la ducha pudiera ser peligrosa para ellas”, relató.

Hace aproximadamente un año, con 19 años recién cumplidos, Grace se trasladó a la República Dominicana para participar en una misión religiosa. Una noche, mantuvo el hábito de ducharse con las lentes puestas y solo se las quitó después de cepillarse los dientes, antes de acostarse. Pocos días más tarde, comenzaron a aparecer sequedad y picor en los ojos. A continuación, experimentó enrojecimiento y una fuerte fotofobia (sensibilidad a la luz).

En el plazo de una semana, su visión se volvió cada vez más borrosa, hasta el punto de que apenas podía ver con ambos ojos. El diagnóstico, sin embargo, tardó en llegar. Primero, un profesional creyó que se trataba de una infección ocular provocada por el virus del herpes y le recetó colirios con corticoides. Más tarde, la propia Grace descubrió que aquel tratamiento pudo haber agravado su cuadro clínico.

Durante casi un mes, Grace acudió diariamente a diferentes oftalmólogos hasta que finalmente le diagnosticaron queratitis por Acanthamoeba. “Cuando supe que muchas personas con queratitis por Acanthamoeba pierden la visión, se me rompió el corazón. Una parte de mí esperaba que eso no sucediera conmigo, pero en el fondo creo que sabía lo serio que era”, explicó.

Con la progresión de la infección, la joven quedó completamente ciega de ambos ojos y pasó unos cuatro meses sin ver nada. La fotofobia se intensificó tanto que su habitación permanecía totalmente a oscuras y ella tenía los párpados cerrados gran parte del día. “Perder la visión también transformó actividades que antes daba por hechas. Yo no sabía dónde estaban las cosas y, de repente, tuve que reaprender tareas que siempre consideré garantizadas”, comentó.

Tras alrededor de cuatro meses, Grace empezó a recuperar parte de la visión. Los médicos detectaron que el ojo izquierdo estaba menos afectado que el derecho, y poco a poco volvió a distinguir formas y colores. Un año después del inicio de la infección, sigue presentando daños y cicatrices, pero puede ver con el ojo izquierdo usando gafas. Actualmente permanece bajo tratamiento con colirios y otros medicamentos que, según ella, provocan un dolor intenso. “Al empezar a usarlos, quemaban tanto que me hacían llorar y me dejaban la piel del rostro como enrojecida. Con el tiempo me he acostumbrado, pero todavía duelen. No solo es la Acanthamoeba destrozando mis ojos: el propio tratamiento puede ser muy doloroso”, añadió.

Después de meses de consultas, tratamientos y cambios en su rutina, Grace decidió compartir su experiencia en redes sociales para alertar a otros usuarios de lentes de contacto. Un vídeo suyo alcanzó más de un millón de visualizaciones en un solo día. “Fue entonces cuando me di cuenta de que quizá eso era lo que debía hacer: compartir mi historia, contar lo que me habría gustado saber y ver que realmente ayudaba a la gente. Eso cambió por completo mi perspectiva sobre esta experiencia”, declaró.

Aunque la pérdida de visión ha marcado un antes y un después en su vida, Grace asegura que sigue persiguiendo sus objetivos. “Sigo siendo yo. Sigo trabajando en mis metas, creando contenido, estudiando y viviendo mi vida. Mi ceguera forma parte de mi historia, pero no define quién soy”, concluyó.

Para contextualizar, la queratitis por Acanthamoeba es una infección ocasionada por un protozoo que habita normalmente en el agua dulce, piscinas no tratadas, suelos y otros entornos húmedos. Aunque su incidencia es baja —se estima en menos de un caso por cada 250.000 usuarios de lentes de contacto al año—, su gravedad radica en el rápido deterioro de la córnea y la dificultad del diagnóstico.
Los expertos aconsejan mantener siempre unas prácticas higiénicas estrictas con las lentes de contacto: lavarse y secarse bien las manos antes de manipularlas, evitar el contacto con cualquier tipo de agua (ducha, piscina o jacuzzi) y almacenar siempre las lentes en estuches limpios con solución específica, renovada diariamente.
Asimismo, es recomendable acudir a revisiones oftalmológicas periódicas y retirar las lentes al primer signo de irritación, picor o enrojecimiento. De esta forma, se reducen al mínimo los riesgos de complicaciones graves como la que sufrió Grace.

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