Conocida por sus playas soleadas y sus paisajes de origen volcánico, la ciudad de Cap d’Agde, situada en el departamento de Hérault, al sur de Francia, alberga un enclave que se aleja del turismo convencional. A orillas del mar Mediterráneo, existe una villa naturista donde, desde hace más de 70 años, residentes y visitantes pueden circular sin ropa casi en todas partes, desde los supermercados hasta los restaurantes.
La iniciativa de crear un espacio dedicado al naturismo en Cap d’Agde se remonta a la década de 1950, cuando un grupo de pioneros buscaba fomentar la convivencia en armonía con la naturaleza y promover el respeto al cuerpo humano en su estado más puro. Con el paso del tiempo, esta zona fue ganando popularidad y se convirtió en uno de los destinos más importantes del mundo para quienes practican esta filosofía de vida.
Para garantizar el buen funcionamiento de la villa, las autoridades y los propios residentes establecieron unas normas claras. Al acceder al recinto, la desnudez total es obligatoria en las zonas comunes. Estas reglas van acompañadas de requisitos básicos de higiene, pautas de convivencia y medidas de privacidad: entre ellas, la prohibición absoluta de realizar fotografías o grabaciones sin autorización y la estricta prohibición de cualquier actividad de carácter pornográfico o su difusión.
El acceso está controlado mediante puntos de registro y, durante la temporada alta, puede requerirse una acreditación especial. Esta organización permite mantener un ambiente ordenado y respetuoso con los objetivos fundacionales del movimiento naturista, que incluyen la normalización de la desnudez como parte de una experiencia libre de connotaciones sexuales o de exhibicionismo.
A lo largo de las décadas, Cap d’Agde ha recibido el reconocimiento de la Fédération Naturiste Internationale (INF-FNI), cuya base histórica se asienta en Europa continental y que agrupa a diferentes asociaciones de naturismo de todo el mundo. Gracias a ello, el destino ha atraído a visitantes de múltiples países: Alemania, Bélgica, Países Bajos, Reino Unido y, más recientemente, España, entre otros.
Sin embargo, en los últimos años, varios habituales de larga trayectoria han advertido un cambio en el perfil de los turistas. Barbara, una británica que lleva visitando la villa naturista desde hace unos 30 años, señala que «la clientela ha cambiado mucho» y distingue con claridad entre naturistas tradicionales y un nuevo segmento de visitantes con intereses más recreativos o vinculados al ocio nocturno y a prácticas de intercambio de parejas. Según sus estimaciones, ese colectivo supone entre el 40 % y el 60 % de los asistentes durante los meses de verano, motivo por el cual ella misma decidió dejar de frecuentar la playa local.
Diversos reportajes periodísticos confirman situaciones puntuales que se alejan de la filosofía original: encuentros de carácter íntimo en espacios públicos o actos de exhibicionismo que obligaron a reforzar la vigilancia. En la actualidad, equipos de seguridad y efectivos policiales patrullan desde torres de observación, y se han instalado numerosas señales informativas que recuerdan la prohibición de cualquier forma de exhibicionismo sexual.
Las sanciones por infringir las reglas son contundentes: multas de hasta 15 000 euros y penas de prisión de hasta un año. A pesar de estas medidas, los testimonios de visitantes de todas las edades apuntan a una convivencia general aceptable, pues la mayoría respeta las normas y comparte el valor de la convivencia pacífica.
Fuera de la villa naturista de Cap d’Agde, existen también otras propuestas dirigidas a quienes buscan experiencias más especializadas, como cruceros temáticos exclusivos para adultos o eventos organizados que, a su vez, establecen sus propios códigos de conducta y restricciones en el uso de dispositivos de grabación.


