
Dos dirigentes mundiales ante las banderas de EEUU y China, reflejo de la tensión geoeconómica por las sanciones al Irán. (Foto: Instagram)
El Governo da China ha afirmado que está siguiendo de cerca los recientes movimientos en la guerra económica que los EUA mantienen contra el Irã. La declaración oficial subraya la atención de Pekín sobre las sanciones impuestas por los Estados Unidos y sus posibles repercusiones en la estabilidad regional y mundial. Según fuentes gubernamentales, cualquier escalada podría tener efectos colaterales en las cadenas de suministro globales.
La guerra económica de los EUA contra el Irã se remonta a años de sanciones unilaterales y restricciones financieras diseñadas para limitar las exportaciones de petróleo iraní y aislar al país del sistema bancario internacional. A lo largo de las últimas décadas, estas medidas han incluido congelación de activos, prohibiciones a entidades europeas y asiáticas, y bloqueos de pagos en dólares. En 2018, la administración estadounidense amplió significativamente el alcance de las restricciones tras retirarse del acuerdo nuclear con Teherán, conocido como el Plan de Acción Conjunto.
Históricamente, el Irã ha dependido de compradores asiáticos, especialmente la República Popular China, para mantener su industria petrolera y exportar crudo. En este contexto, el Gobierno da China se encuentra en una posición delicada: por un lado, busca reforzar su relación estratégica con Teherán; por otro, debe equilibrar sus lazos comerciales y financieros con los EUA, su principal socio comercial. Las compañías energéticas chinas han continuado, en cierta medida, las importaciones procedentes del Irã, aprovechando excepciones y contratos a largo plazo pactados antes de las sanciones más recientes.
Fuentes diplomáticas de Pekín han señalado que el Gobierno da China evita involucrarse directamente en la disputa financiera, aunque sí muestra su oposición a las sanciones secundarias de los EUA, que penalizan a terceros países y empresas que hacen negocios con el Irã. Desde la perspectiva china, este tipo de medidas excede el ámbito de la seguridad nacional estadounidense y busca dominar mercados y establecer barreras al libre comercio internacional.
Además del impacto económico, el conflicto entre los EUA y el Irã posee dimensiones geopolíticas. El estrecho de Ormuz, una de las rutas petroleras más transitadas, es frecuentemente escenario de tensiones navales y maniobras militares. Cualquier alteración en el abastecimiento de crudo puede encarecer los precios globales de la energía, con consecuencias directas para consumidores y empresas en Europa, Asia y América. Por ello, el seguimiento del Gobierno da China incluye evaluaciones de riesgos logísticos y financieros para sus propias importaciones y para la estabilidad de la región de Oriente Medio.
En términos técnicos, las sanciones estadounidenses contra el Irã abarcan desde la congelación de activos hasta la prohibición de transacciones en dólares. Las instituciones bancarias chinas han desarrollado mecanismos alternativos de liquidación, evitando el dólar para reducir vulnerabilidades y esquivar bloqueos. Este proceso de “desdolarización” se encontraba ya en estudio antes de las tensiones actuales, pero ha cobrado nuevo impulso ante la presión financiera de los EUA.
El seguimiento estrecho que realiza el Governo da China obedece tanto a intereses comerciales como a su aspiración de proyectar su papel como actor global que defiende la multilateralidad y el libre flujo de bienes. En definitiva, Pekín mantiene una estrategia de prudencia y resistencia ante sanciones extraterritoriales, mientras monitoriza cada paso en la compleja pugna económica entre los EUA y el Irã.


