Con visuales impresionantes y una narración épica, Christopher Nolan regresa al cine con “La Odisea”, tras dirigir filmes como Oppenheimer (2023), Tenet (2020) y Dunkirk (2017). El director reúne un reparto estelar para adaptar el poema clásico atribuido a Homero, siguiendo la periplo de Odiseo durante y después de la Guerra de Troya.
El filme se distancia de la tradicional línea del héroe al construir una narración no lineal, alternando entre el presente —veinte años tras el inicio de la Guerra de Troya— y episodios del pasado. La trama revisita momentos cruciales del conflicto, como la victoria con el Caballo de Troya, mientras explora la larga travesía de Odiseo (interpretado por Matt Damon) en su intento por regresar a Ítaca.
La historia se desarrolla en dos ejes principales. En el primero, situado en Ítaca —el reino gobernado por Odiseo—, el monarca ha partido hacia Troya y deja el trono vacante. Penélope (Anne Hathaway), su esposa, convive con más de cien pretendientes que ocupan el palacio con la esperanza de que ella elija a uno como nuevo marido, pues nadie sabe si el héroe regresará con vida. Ante la creciente tensión, Telémaco (Tom Holland), hijo del reyezuelo, decide partir en busca de noticias sobre el paradero de su padre.
En este núcleo, Nolan introduce la xenia, conocida como la Ley de Zeus. En la cultura griega antigua, la hospitalidad era un deber sagrado: el anfitrión estaba obligado a acoger al viajero con respeto, protección y generosidad. El director utiliza este concepto como pilar dramático, mostrando quién honra o viola los preceptos defendidos por los dioses. A lo largo de la película, el pacto de hospitalidad se va quebrando de manera sutil y progresiva, trazando una línea de culpa y melancolía que atraviesa la narración hasta desvelar la razón última de la ruptura de esa norma sagrada.
El segundo eje narra la odisea de Odiseo desde el final de la Guerra de Troya hasta su regreso a Ítaca. Con un montaje que intercala pasado y presente, Nolan revela paulatinamente los sucesos que forjaron el destino del héroe, construyendo un auténtico rompecabezas narrativo que el espectador debe ensamblar. Desde el enfrentamiento con el cíclope hasta el encuentro con las sirenas, pasando por el descenso al Hades donde Odiseo se enfrenta a los espectros de su propia conciencia, cada tramo del viaje se convierte en un espectáculo visual.
Más allá de la recreación de la prolongada travesía, el cineasta transforma cada escena en una puesta en escena de gran formato, digna de las proyecciones en IMAX de 70 mm para las que fue ideada. La tensión de los combates, la atmósfera de misterio en los mares procelosos y la opresiva majestuosidad del submundo se combinan para sumergir al espectador en el relato.
En cuanto a las interpretaciones, el tono contenido del reparto destaca la sobriedad. Aunque podría esperarse una sucesión de actuaciones grandilocuentes, las apariciones puntuales y medidas encajan con el peso visual de las escenas. Sólo en las interacciones entre Matt Damon y Anne Hathaway se alcanzan momentos de gran carga dramática, cuyos diálogos y gestos quedan grabados en la memoria.
Con casi dos horas de metraje, “La Odisea” discurre sin que el tiempo se haga evidente y sin incluir secuencias gratuitas. Es una experiencia cinematográfica cohesionada, con narración envolvente y un diseño visual que acerca al público al corazón de cada escena. Se suma así a la filmografía de Nolan como una obra que justifica su existencia en pantalla grande, uniendo actuaciones sólidas con un despliegue épico que nadie debería perderse.


