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Aumento de Infartos en Jóvenes Adultos: Entiende las Razones

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Imagen 3D del corazón humano con énfasis en el sistema circulatorio en un contexto de riesgo de infarto (Foto: Instagram)

Durante mucho tiempo, el infarto fue visto como algo lejano para personas de 20, 30 o 40 años. La imagen típica era la de alguien de más edad, con un historial de problemas cardíacos. Sin embargo, datos recientes indican que esa percepción ya no refleja la realidad.

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En Estados Unidos, los especialistas señalan que el porcentaje de adultos de entre 18 y 44 años que informaron haber sufrido un infarto aumentó del 0,3 % en 2019 al 0,5 % en 2023. Aunque sigue siendo más frecuente en personas mayores, ese incremento en los jóvenes es significativo, pues en ese grupo se tiende a creer que el riesgo cardiovascular es prácticamente nulo.

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Este problema no surgió de la noche a la mañana. En muchos casos, factores clásicos de riesgo cardiovascular —como hipertensión, colesterol alto, diabetes y obesidad— están apareciendo cada vez antes en la vida. Esto se debe, en buena parte, a hábitos de alimentación poco saludables, consumo elevado de ultraprocesados, falta de sueño y sedentarismo.

El corazón de los jóvenes también se ve afectado por elementos menos comentados. El tabaquismo, el consumo excesivo de alcohol, el uso de cocaína e incluso de cannabis se han vinculado a un mayor riesgo cardiovascular. El estrés crónico termina de agravar la situación, sobre todo cuando no existe un seguimiento médico adecuado.

La COVID-19 añadió una nueva capa a este escenario. Estudios recientes revelan que la infección puede incrementar el riesgo de complicaciones cardiovasculares durante meses o incluso años en algunos casos, especialmente si la infección fue grave o ocurrió en individuos no vacunados. Esto sucede debido a procesos inflamatorios, alteraciones en la coagulación y efectos directos sobre los vasos sanguíneos.

Eso no significa que todo joven que haya pasado la COVID-19 vaya a sufrir un infarto. El riesgo se concentra en quienes presentan otros factores de vulnerabilidad y en quienes no recibieron un control médico oportuno.

Otro punto a destacar es el aumento de casos en mujeres jóvenes. Aunque los hombres todavía suman más infartos en cifras absolutas, el crecimiento proporcional de hospitalizaciones por ataque cardíaco es mayor en mujeres de entre 35 y 54 años.

El reconocimiento de los síntomas también forma parte del problema. Las mujeres pueden sentir dolor en el pecho, pero también experimentar falta de aire, náuseas, fatiga extrema o molestias en la espalda, el cuello o la mandíbula. Cuando estos signos se ininterpretan o se subestiman, el acceso al tratamiento se retrasa.

Existen, además, desigualdades en el acceso a la atención sanitaria. Las personas con menos contacto con el sistema de salud pueden desconocer durante años que padecen hipertensión, diabetes o niveles elevados de colesterol. Entre los jóvenes, este desfase es aún más común, dado que muchos no se perciben dentro del grupo de riesgo.

Para comprender mejor cómo se produce un infarto, conviene explicar brevemente que suele deberse a la obstrucción de una arteria coronaria, lo que impide que la sangre rica en oxígeno llegue al músculo cardíaco. Esta obstrucción normalmente se origina por la rotura de una placa de ateroma y la formación de un trombo. Cada minuto de demora puede provocar daño irreversible en las células del miocardio, de ahí la urgencia de reconocer los síntomas y activar los servicios de emergencia.

La prevención primaria incluye llevar un control regular de la presión arterial, los niveles de colesterol y la glucemia. En jóvenes, las revisiones médicas suelen ser menos frecuentes, desaprovechando la posibilidad de detectar estos factores de riesgo antes de que deriven en complicaciones graves. Las campañas de concienciación insisten en la relevancia de adoptar un estilo de vida saludable desde edades tempranas, pero la proliferación de dietas desequilibradas y la falta de actividad física —amplificadas por el uso constante de dispositivos electrónicos y el trabajo sedentario— dificultan su éxito.

Tras un primer episodio de infarto, las guías clínicas recomiendan la rehabilitación cardiaca, que combina ejercicio supervisado, asesoramiento nutricional y apoyo psicológico. Aunque estos programas están bien establecidos en personas mayores, su adaptación a pacientes más jóvenes está ganando importancia para optimizar la recuperación y reducir el riesgo de nuevos eventos.

Los cardiólogos insisten en que su advertencia no pretende causar alarma, sino desmitificar la idea de que la juventud confiere una protección absoluta frente a las enfermedades del corazón. Reconocer los síntomas, fomentar hábitos saludables y garantizar un acceso igualitario a la sanidad son pasos esenciales para reducir este aumento de infartos en adultos jóvenes.

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