
La expansión mundial de los centros de datos utilizados para soportar sistemas de inteligencia artificial está llamando la atención de la comunidad científica por un motivo inesperado: el calor. De acuerdo con un estudio reciente de la Universidad de Cambridge, estas instalaciones pueden estar generando “islas de calor” en las regiones donde se construyen, incrementando la temperatura de la superficie local de forma significativa.
Los centros de datos son grandes complejos repletos de servidores, cables, sistemas eléctricos y equipos de refrigeración que procesan desde búsquedas en internet hasta herramientas de IA generativa. Toda esta operación demanda una enorme cantidad de energía y requiere un acondicionamiento térmico constante para evitar el sobrecalentamiento de los equipos. Sin embargo, al disipar el calor residual al entorno, pueden alterar el equilibrio térmico de las zonas aledañas.
Para evaluar este impacto, los investigadores analizaron datos de temperatura a lo largo de 20 años en aproximadamente 6.000 instalaciones situadas fuera de áreas urbanas densas. De esta manera, pretendían minimizar la influencia de factores como la actividad industrial, el tráfico intenso y otras fuentes de calor típicas de las grandes ciudades. Además, aplicaron métodos estadísticos para descontar efectos de calentamiento global y variaciones estacionales, con el fin de aislar el aporte directo de los centros de datos.
El resultado fue notable: en promedio, la temperatura de la superficie aumentó unos 2 °C tras la puesta en marcha de estos complejos. En algunos casos aislados, se registraron picos de hasta 9,1 °C, un valor muy elevado que los autores reconocen aún debe estudiarse en detalle. Según las estimaciones de los científicos, más de 340 millones de personas podrían verse afectadas por este fenómeno en todo el mundo, sobre todo si la expansión de la inteligencia artificial continúa al ritmo actual.
Andrea Marinoni, profesor asociado de la Universidad de Cambridge, afirmó en una entrevista que aún existen numerosas incógnitas sobre cómo estos centros de datos impactan en el entorno local y global. El estudio sirve, por tanto, como una llamada de atención temprana sobre un área de investigación que hasta ahora había recibido poca visibilidad.
Expertos independientes también han valorado el trabajo. La profesora emérita Deborah Andrews, de la London South Bank University, definió el estudio como pionero y señaló la necesidad de validar los resultados con mediciones in situ y modelos climáticos más detallados. Andrews advirtió que “la carrera por el oro de la IA parece estar superando las buenas prácticas y el pensamiento sistémico, desarrollándose más rápido que los sistemas más amplios y sostenibles”.
Por su parte, el especialista Ralph Hintemann se mostró cauteloso ante los valores más altos de incremento térmico, calificándolos de “interesantes” pero “aún por confirmar”. Según él, es importante analizar diferentes tipos de climatología local y el diseño arquitectónico de los centros de datos para comprender mejor la variabilidad de estos aumentos.
Entre las propuestas que emergen de este estudio se encuentra el desarrollo de software “consciente de carbono” que ajuste las operaciones de procesamiento según la disponibilidad de energía limpia y evite picos de demanda en momentos críticos. También se debate la posibilidad de integrar tecnologías de enfriamiento pasivo y aprovechar materiales de construcción con alta reflectancia térmica para mitigación.
Históricamente, las “islas de calor” urbanas se han estudiado desde la década de 1970, centrándose en la concentración de edificaciones y el asfalto que absorbe radiación solar. Sin embargo, el fenómeno vinculado a los centros de datos supone un nuevo escenario, ya que las fuentes de calor provienen de instalaciones tecnológicas que pueden ubicarse incluso en zonas rurales. Comprender este impacto resulta clave para planificar una expansión de la inteligencia artificial compatible con objetivos de sostenibilidad y protección del clima.


