Robert O’Neill, ex-Navy SEAL que afirma haber asestado el disparo fatal a Osama bin Laden, volvió a hablar sobre la operación que transformó su vida, revelando el arrepentimiento que aún siente desde aquella noche en Abbottabad, Pakistán.
La misión tuvo lugar el 1 de mayo de 2011, cuando fuerzas especiales de Estados Unidos irrumpieron en el complejo donde el líder de Al Qaeda se ocultaba. Conocida como Operación Neptune Spear, la acción puso fin a una persecución de casi una década, iniciada tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, que dejaron cerca de 3.000 víctimas mortales y miles de heridos en los ataques a las Torres Gemelas, al Pentágono y al vuelo 93.
Más de una década después, O’Neill describe aquella noche como algo mucho más que una simple misión militar. Para él, el objetivo no era buscar fama ni reconocimiento público. En una entrevista con el New York Post, aseguró que el equipo actuó en nombre de las víctimas de los ataques terroristas.
“Íbamos en nombre de la madre soltera que dejó a sus hijos en el colegio un martes por la mañana y, una hora después, se lanzó desde una de las Torres Gemelas, manteniendo la falda bajada como su último acto de decencia humana”, dijo. “Ella nunca debió haber tenido que hacerlo.”
La operación se mantuvo en secreto y el equipo sólo fue informado aproximadamente tres semanas antes de que se ejecutara. Al principio, los militares desconocían la magnitud de lo que se les avecinaba. Les indicaron que pasaran un fin de semana con la familia y regresaran para una sesión informativa de carácter altamente confidencial.
“Nos dijeron un viernes: id a casa, estad con vuestros hijos y volved el domingo para una sesión informativa”, relató O’Neill. “Yo pregunté: ‘¿Quién va a estar en esa reunión?’ Me contestaron: ‘El vicepresidente, el secretario de Defensa, el secretario de la Marina.’”
La presencia de autoridades de ese nivel dejó claro que no se trataba de una operación ordinaria. El equipo entendió que se enfrentaba a una misión de gran peso político, militar e histórico.
Al descubrir que el objetivo era Osama bin Laden, los miembros del SEAL Team Six comenzaron a planificar con sumo detalle. Según O’Neill, elaboraron una estrategia minuciosa y la practicaron una y otra vez, día y noche, ensayando distintos escenarios para anticiparse a lo que podrían encontrar en el complejo.
El riesgo era extremo. No había garantizado si bin Laden estaría protegido por combatientes armados, si habría explosivos en el lugar o si su familia sería utilizada como escudo. La posibilidad de no regresar era real.
“Sabíamos que sería una misión de ida”, afirmó. “No tenías miedo de morir, pero estabas preparado para ello.”
Parte de la motivación surgía del recuerdo de los pasajeros del vuelo 93, que se rebelaron contra los secuestradores el 11 de septiembre de 2001. Aquella aeronave se estrelló en Pensilvania antes de alcanzar el blanco previsto por los terroristas.
“Íbamos tras bin Laden por aquellos primeros estadounidenses que se vieron obligados a combatir a Al Qaeda hasta la muerte, cara a cara, un martes por la mañana: los pasajeros del vuelo 93”, explicó O’Neill.
El exmilitar reconoció que cualquiera de los integrantes del equipo podría haber renunciado antes de la operación, regresar a casa y vivir muchos años al margen de aquel peligro. Sin embargo, según él, la carga histórica de la misión resultaba demasiado poderosa.
“Lo más difícil es despedirte de tus hijos, porque la muerte está al acecho”, confesó.
Esa reflexión pone de relieve un detalle frecuentemente olvidado en los relatos sobre operaciones militares: antes de los helicópteros, de las armas y de los nombres en clave, había hombres despidiéndose de sus familias sin poder explicar exactamente adónde iban.
La noche de la operación, helicópteros transportaron a los efectivos hasta Abbottabad, la ciudad pakistaní donde bin Laden llevaba escondido años en un complejo amurallado. La acción contó con la autorización del entonces presidente Barack Obama, tras años de búsqueda sostenida por los servicios de inteligencia estadounidenses.
O’Neill relató que el equipo esperaba un enfrentamiento intenso. Pensaban que si alguien fuera capaz de sacrificar a su propia familia en nombre de una causa extremista, ese alguien sería bin Laden.
Sin embargo, la operación se desarrolló con sorprendente rapidez. Según el ex-SEAL, todo ocurrió en unos nueve minutos. Los militares entraron en el complejo, avanzaron por las estancias y buscaron al líder hasta dar con el dormitorio donde se encontraba.
O’Neill aseguró que se halló a unos noventa centímetros de bin Laden y lo reconoció al instante.
“Lo identifiqué al instante”, narró. “Me impresionó lo delgado que estaba. La barba apenas tenía canas. Tenía las manos sobre los hombros de su esposa, Amal. Lo interpreté como una amenaza: podría hacerse estallar.”
Fue en ese instante cuando, según su versión, abrió fuego.
“En el SEAL Team Six disparamos dos veces en la cabeza inmediatamente. Yo le disparé dos veces y, con mi HK416, hice un tercer disparo. Cayó a los pies de la cama.”
Tras los disparos, O’Neill describió una mezcla de impacto y sentido del deber. Acababa de matar al hombre más buscado del mundo, pero la operación no había concluido.
“Me dije: ‘Acabo de disparar a bin Laden, ¿qué demonios?’ Todo lo que conocía, todo lo que había planeado, cambió radicalmente”, recordó.
Acto seguido, ayudó a preparar el cuerpo para su identificación. Relató que limpió el rostro de bin Laden, sujetó su cabeza y tomó fotografías.
Uno de sus compañeros notó el momento crítico y le preguntó si estaba bien.
“Uno de mis hombres me dijo: ‘Oye, ¿estás bien, hermano?’ Yo respondí: ‘Sí, ¿qué hacemos ahora?’ Me contestó: ‘Ve a buscar los ordenadores.’”
Aquella indicación funcionó como un tirón de vuelta a la realidad: “Acabas de matar a Osama bin Laden, tu vida va a cambiar por completo, pero vuelve al trabajo.”
La obtención de ordenadores, documentos y otros materiales formaba parte esencial de la operación. La muerte del líder de Al Qaeda era el aspecto más simbólico, pero el análisis de la información podía revelar contactos, planes, redes de apoyo y detalles sobre la estructura del grupo.
A pesar de calificar la misión de exitosa, O’Neill admitió que hay algo que lamenta: el destino final del cuerpo de bin Laden. Tras la operación, las autoridades estadounidenses informaron que su cadáver fue sepultado en el mar, con el argumento de impedir que un posible sepulcro en tierra se convirtiera en lugar de peregrinación para extremistas y de respetar los plazos religiosos.
No obstante, O’Neill afirmó que hubiese preferido otro desenlace. Según él, le habría gustado que bin Laden fuese expuesto en Nueva York para que los americanos pudiesen ver con sus propios ojos que había sido eliminado y así ejercer una forma de justicia simbólica.
La declaración refleja cómo, aun después de tantos años, la operación sigue cargando una intensa carga emocional para quienes participaron en ella. Para O’Neill, bin Laden no era solo un objetivo militar, sino la cara visible de los atentados que transformaron la política exterior de Estados Unidos, desencadenaron guerras, modificaron los protocolos de seguridad en los aeropuertos y dejaron cicatrices profundas en miles de familias.
El ex-SEAL también participó en el documental de Netflix American Manhunt: Osama bin Laden, donde rememoró los eventos del 1 de mayo de 2011. Sin embargo, su versión no es la única acerca de los disparos mortales. Otro ex-Navy SEAL, Matt Bissonnette, ha asegurado igualmente haber tenido un papel directo en la muerte del líder de Al Qaeda.
Las declaraciones públicas de ambos generaron críticas dentro de la comunidad militar estadounidense. Muchos veteranos y miembros de fuerzas especiales consideraron que habían quebrantado un código no escrito de silencio, tradicionalmente apreciado en esas unidades. Para estos detractores, misiones de tal magnitud debían permanecer bajo un anonimato colectivo, no convertirse en una contienda pública sobre quién apretó el gatillo.
La polémica ha acompañado a O’Neill desde que comenzó a hablar abiertamente sobre la operación. Aun así, mantiene su versión y sigue describiendo aquella noche como el momento en que su vida cambió para siempre. Entre el orgullo por el deber cumplido, el peso de las víctimas del 11 de septiembre y el arrepentimiento por el destino del cuerpo de bin Laden, su historia permanece vinculada a una de las operaciones militares más conocidas del siglo XXI.


