Richie Keegan, un padre irlandés, consiguió perder aproximadamente 10 kilogramos en apenas seis semanas con el único objetivo de donar parte de su hígado a su hija Millie, de un año de edad. Según explican los médicos, sólo tras alcanzar un determinado índice de masa corporal (IMC) y cumplir estrictos criterios de salud se hace factible un trasplante de hígado entre donante vivo y receptor pediátrico. La noticia desató una auténtica carrera contra el tiempo para lograr la compatibilidad y las condiciones quirúrgicas adecuadas.
Millie nació con atresia biliar, una enfermedad rara en la que los conductos biliares no se forman correctamente, impidiendo el flujo normal de bilis desde el hígado hasta el intestino. Esta anomalía, a menudo acompañada de malformaciones esplénicas u otros defectos congénitos, provoca daño progresivo del hígado y conduce a cirrosis si no se corrige. El procedimiento de Kasai, un tipo de cirugía paliativa que permite restablecer parte del drenaje biliar, se realiza habitualmente durante los primeros meses de vida. Sin embargo, en el caso de Millie, el tratamiento de Kasai no logró detener la progresión de la enfermedad, por lo que el trasplante se convirtió en la única alternativa para preservar su vida.
Para que un trasplante de donante vivo resulte viable, es imprescindible que el donante reúna condiciones físicas óptimas: presión arterial controlada, función hepática normal, ausencia de enfermedades infecciosas y un peso adecuado para extraer un segmento de hígado sin poner en riesgo la salud tras la intervención. En opinión de los especialistas, reducir el peso corporal minimiza la grasa hepática y mejora la regeneración del órgano tanto en el receptor como en el donante. Richie puso en marcha un plan de adelgazamiento bajo supervisión nutricional y médica, combinando dieta hipocalórica, ejercicio moderado y chequeos constantes para vigilar su función hepática.
El equipo del King’s College Hospital de Londres, uno de los centros de referencia en trasplantes pediátricos en Europa, evaluó cuidadosamente los análisis de compatibilidad sanguínea, los niveles de coagulación y la proporción de volumen que podía extraerse del hígado de Richie. Finalmente, tras alcanzar el peso requerido y confirmar la coincidencia de grupos sanguíneos, se programó la cirugía. La operación duró varias horas y culminó con éxito: los cirujanos trasplantaron la sección hepática donada a la pequeña Millie, restaurando el drenaje biliar y mejorando su función hepática.
Las intervenciones de este tipo suelen implicar un periodo de hospitalización prolongado y un seguimiento estrecho, tanto para el receptor como para el donante, con estudios de imagen, análisis de sangre periódicos y apoyo nutricional. En el caso de Richie, la recuperación también incluyó sesiones de rehabilitación para recuperar la fuerza y garantizar la regeneración completa de su hígado. Para Millie, el trasplante supone ahora una oportunidad real de desarrollo sin las limitaciones asociadas a la insuficiencia hepática y las cirugías adicionales.
La historia de este padre dispuesto a transformar su propio cuerpo con un gran esfuerzo personal ha suscitado un amplio interés y ha dado visibilidad a la cuestión de los trasplantes de donante vivo en bebés. Según datos sanitarios, la sobrevida a largo plazo tras un trasplante hepático pediátrico supera el 80 % a cinco años cuando se realiza en centros especializados. Además, la donación de vivo aporta la ventaja de reducir los tiempos de espera en lista, un factor crítico en enfermedades de evolución rápida como la atresia biliar.
La valentía de Richie y el avance médico demostrado una vez más en el King’s College Hospital permiten alimentar la esperanza de muchas familias que luchan contra enfermedades hepáticas congénitas. Su testimonio apunta al valor de la medicina familiar y comunitaria internacional, y subraya la importancia de concienciar sobre las donaciones de órganos y los criterios que hacen posible un trasplante de donante vivo.


