El físico David Gross, galardonado con el Premio Nobel de Física en 2004, ha presentado en las últimas semanas una visión alarmante sobre el futuro de la civilización humana. Según su análisis, en un contexto global marcado por crecientes inestabilidades geopolíticas, la humanidad podría afrontar su extinción en poco más de tres décadas si no se revierten ciertas tendencias negativas.
Gross subraya que el riesgo de un conflicto nuclear es hoy más tangible que en los albores de este siglo. Mientras en la Guerra Fría existían tratados de control de armas estratégicas —como los acuerdos SALT y START entre Estados Unidos y la extinta Unión Soviética—, esas protecciones se han debilitado año tras año. El deterioro de la confianza entre las grandes potencias y la pérdida gradual de normas internacionales han incrementado la probabilidad de que un error de cálculo o una escalada imprevista desemboquen en un enfrentamiento armado de consecuencias catastróficas.
Durante una entrevista concedida a la revista Live Science, Gross recordó que hace apenas tres décadas las estimaciones situaban en un 1 % la posibilidad de una guerra nuclear en cualquier año determinado. “Hoy diría que ese riesgo se sitúa más cerca del 2 % anual, lo que equivale a una posibilidad en cincuenta cada doce meses”, señaló el científico. Aplicando este porcentaje de forma acumulativa, la esperanza de vida de la civilización en su forma actual se reduce de manera drástica.
El cálculo de Gross conduce a una cuenta regresiva de 35 años para un posible colapso global. “Paso parte de mi tiempo intentando hacer ver a la gente que las probabilidades de vivir más de medio siglo son bastante escasas”, afirmó el investigador. Con este criterio, el físico sitúa alrededor del año 2061 la fecha en la que podrían alcanzarse niveles de destrucción tan elevados que pondrían fin a la continuidad de la especie humana.
Detrás de sus advertencias existe el convencimiento de que la desaparición de mecanismos de prevención —tratados multilaterales, foros diplomáticos y sistemas de verificación mutua— ha dejado un vacío que las nuevas tecnologías complican aún más. Gross advierte del peligro que entrañan las armas automatizadas y la integración de sistemas de inteligencia artificial (IA) en las cadenas de mando militares. Un fallo de software, una “alucinación” digital o un procesamiento erróneo de datos podrían desencadenar una respuesta militar irreversible.
“Quien haya trabajado con sistemas de IA sabe que a veces generan resultados inesperados”, explicó. “Si esto ocurre en un entorno donde la velocidad de la decisión es crítica, el margen de rectificación humana será prácticamente nulo.” Para ilustrar esta vulnerabilidad, hace referencia al concepto del “reloj del Apocalipsis” —o Doomsday Clock—, ajustado este año a 100 segundos para la medianoche, su posición más cercana desde su creación en 1947.
La directora ejecutiva de la Campaña Internacional para la Abolición de Armas Nucleares (ICAN), Melissa Parke, complementa esta visión señalando que el reloj no pretende predecir el futuro, sino advertir de la proximidad de una catástrofe. “Las armas nucleares, las guerras en curso desde Ucrania hasta Oriente Medio, la emergencia climática y tecnologías fuera de control forman parte de un mismo problema sistémico”, explicó Parke. En ese sentido, destacó el reciente Tratado sobre la Prohibición de Armas Nucleares como un intento de reconducir la situación.
Aunque la perspectiva de Gross resulta inquietante, su mensaje principal es fomentar la conciencia de riesgo y promover esfuerzos coordinados para fortalecer los instrumentos de desarme, restaurar la confianza diplomática y regular el uso de inteligencia artificial en sistemas de seguridad global. Solo recuperando esos mecanismos de control y diálogo podría desbloquearse una hoja de ruta que alargue significativamente el horizonte de supervivencia de la humanidad más allá de las dos próximas generaciones.


