Se estima que un 30 % de los brasileños convive con hipertensión, según datos de la encuesta Vigitel del Ministerio de Salud. Una cifra aún más alarmante es que la mitad de esas personas desconoce su condición. Además de aumentar el riesgo de infarto, ictus (ACV) y otras enfermedades cardiovasculares, la hipertensión también supone un peligro significativo para los riñones.
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El nefrólogo Jadilson Pereira Júnior, del Hospital São Lucas Copacabana, destaca que la hipertensión es una de las principales causas de enfermedad renal crónica e insuficiencia renal. La presión arterial elevada resulta de una combinación de factores genéticos y hábitos de vida, como la obesidad, el sedentarismo, una alimentación deficiente, el tabaquismo, el consumo excesivo de alcohol y el estrés.
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La hipertensión acelera el daño a los vasos renales y la pérdida de función de los riñones. Los riñones ya comprometidos pueden, a su vez, elevar aún más la presión arterial, creando un ciclo perjudicial. Los glomérulos, responsables de filtrar la sangre, se ven afectados, intensificando este proceso. Controlar y monitorizar la presión arterial es crucial para preservar la función renal y reducir complicaciones cardiovasculares.
En las etapas iniciales, la insuficiencia renal puede ser silenciosa, pero una presión arterial elevada y difícil de controlar puede ser una señal de alerta. El diagnóstico precoz es esencial para evitar la progresión de la enfermedad, y pruebas sencillas pueden ayudar en este proceso.
Pruebas de laboratorio, como la determinación de creatinina en sangre y de albúmina en orina, son fundamentales para detectar precozmente alteraciones en la función renal. A medida que avanza la enfermedad, pueden aparecer síntomas como hinchazón en las piernas, tobillos y alrededor de los ojos, así como orina espumosa, lo que indica pérdida de proteínas a través de la orina.
Contexto y definiciones
La hipertensión arterial se define como la elevación sostenida de la presión sistólica por encima de 140 mm Hg o de la diastólica por encima de 90 mm Hg en adultos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que más de 1.300 millones de personas en el mundo viven con presión arterial elevada. Este factor de riesgo contribuye a cerca de 7,5 millones de muertes anuales a nivel global, equivalentes a más del 12 % de todas las defunciones.
Por su parte, la enfermedad renal crónica (ERC) se caracteriza por la pérdida progresiva de la función de los riñones durante al menos tres meses. Estos órganos desempeñan tareas clave, como la filtración de desechos, la regulación del equilibrio hídrico y mineral, y la producción de hormonas implicadas en la presión arterial y la formación de glóbulos rojos.
Fases y diagnóstico
La ERC se clasifica en cinco estadios, según la tasa de filtración glomerular (TFG):
1. Estadio 1: TFG ≥ 90 mL/min/1,73 m² (función normal con daño renal).
2. Estadio 2: TFG 60–89 mL/min/1,73 m² (daño leve).
3. Estadio 3: TFG 30–59 mL/min/1,73 m² (daño moderado).
4. Estadio 4: TFG 15–29 mL/min/1,73 m² (daño severo).
5. Estadio 5: TFG < 15 mL/min/1,73 m² (insuficiencia renal terminal).
Las pruebas de creatinina, urea y análisis de orina permiten estimar la TFG y cuantificar la albuminuria. Además, la ecografía renal puede evaluar el tamaño y la morfología de los riñones, identificando lesiones o malformaciones.
Prevención y tratamiento
La prevención primaria de la hipertensión incluye:
• Dieta equilibrada rica en frutas, verduras y baja en sal.
• Actividad física regular, al menos 150 minutos semanales de ejercicio moderado.
• Mantenimiento de un peso saludable.
• Moderación en el consumo de alcohol y abandono del tabaco.
• Gestión del estrés mediante técnicas de relajación.
El tratamiento farmacológico abarca varios grupos de fármacos: inhibidores de la enzima convertidora de angiotensina (IECA), antagonistas de los receptores de angiotensina II (ARA II), diuréticos, bloqueadores beta y calcioantagonistas. La elección de la terapia depende de factores como la edad, comorbilidades y tolerancia.
En fases avanzadas de la ERC, puede ser necesario recurrir a la diálisis (hemodiálisis o diálisis peritoneal) o al trasplante renal. La Sociedad Española de Nefrología recomienda un enfoque multidisciplinar que incluya dietistas, enfermería especializada y unidades de rehabilitación.
La vigilancia periódica de la presión arterial y de la función renal, junto con la adherencia al tratamiento y cambios en el estilo de vida, son esenciales para ralentizar el avance de la insuficiencia renal y mejorar la calidad de vida de los pacientes.


