Tatuador aplicando trazos de tinta en un diseño en la espalda de un cliente. (Foto: Instagram)
La popularidad de los tatuajes ha aumentado de forma vertiginosa en las últimas décadas. Lo que antaño se consideraba un símbolo de marginalidad se ha convertido en una práctica extendida: en el Reino Unido, por ejemplo, entre el 26 y el 31 por ciento de la población lleva al menos una pieza tatuada. Con este cambio de percepción social, la comunidad científica ha comenzado a investigar con mayor profundidad los procesos biológicos que se desencadenan cuando se introduce tinta en la piel.
El proceso de tatuaje consiste en insertar pigmentos a través de microperforaciones en la dermis, la capa intermedia de la piel. En el momento en que la aguja penetra el tejido y deposita la tinta, el organismo reacciona: el sistema inmunitario identifica el pigmento como un cuerpo extraño y activa una respuesta inflamatoria destinada a neutralizar la supuesta amenaza.
Varias células de defensa conocidas como macrófagos intentan engullir y eliminar las partículas de tinta. Aunque buena parte de estas células consiguen alojar el pigmento en su interior, muchas quedan atrapadas en la dermis, lo que garantiza la permanencia del dibujo en la superficie de la piel durante años. No obstante, una fracción de ese material transportado por los macrófagos termina desplazándose hacia los ganglios linfáticos.
Los ganglios linfáticos funcionan como filtros del organismo y, con frecuencia, adquieren una coloración similar a la de la propia tatuaje. Este desplazamiento de materiales químicos a distintos órganos y tejidos ha suscitado debates en torno a los posibles riesgos a largo plazo para la salud.
Reacción del sistema inmunológico
Los riesgos inmediatos asociados a la realización de un tatuaje son bien conocidos: reacciones alérgicas a tintas, infecciones de la piel por falta de higiene en los equipos y, en algunos casos, complicaciones derivadas de prácticas poco seguras en los estudios. Sin embargo, el foco de la investigación actual se ha desplazado hacia los efectos crónicos que podrían derivarse de la presencia continuada de pigmentos en el organismo.
En 2024, investigadores de la Universidad de Lund, en Suecia, llevaron a cabo un estudio con casi 12.000 participantes para explorar la posible relación entre tatuajes y linfoma, un tipo de cáncer que afecta al sistema linfático. Los resultados indicaron que el 21 por ciento de quienes habían sido diagnosticados con linfoma presentaban tatuajes.
Christel Nielsen, responsable del estudio, afirmó: “Teniendo en cuenta otros factores relevantes, como el hábito de fumar o la edad, observamos que el riesgo de desarrollar linfoma era un 21 por ciento mayor entre las personas con tatuajes. Hay que recordar que el linfoma es una enfermedad poco frecuente y que estos datos se refieren a nivel poblacional”.
La investigadora añadió que el tamaño de la tatuaje no pareció influir en el riesgo, lo que sugiere que el simple acto de introducir pigmento puede desencadenar una inflamación de bajo grado en el organismo, un fenómeno que podría contribuir a la aparición de la enfermedad. “Todavía desconocemos por qué ocurre esto. Solo podemos especular que una reacción inflamatoria persistente, independientemente de la magnitud del diseño, podría favorecer el desarrollo de cáncer. El proceso es más complejo de lo que se pensaba inicialmente”, puntualizó Nielsen.
Estudios y hallazgos recientes
Al año siguiente, la misma universidad publicó una segunda investigación centrada en el carcinoma de células escamosas, un tipo de cáncer de piel. En esta ocasión, no se hallaron asociaciones estadísticamente significativas entre la presencia de tatuajes y una mayor incidencia de este carcinoma.
La línea de estudio de Nielsen se ampliará próximamente para analizar la posible conexión entre tatuajes y enfermedades autoinmunes, tales como la psoriasis o algunas alteraciones tiroideas en las que el sistema inmunológico desempeña un papel clave. “Nuestros resultados sugieren que podría haber una interacción con las defensas del organismo y queremos profundizar en estos vínculos”, señaló la investigadora.
Otras instituciones han aportado datos dispares. La Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), dependiente de la Organización Mundial de la Salud, observó que las personas con áreas extensas de cuerpo tatuado en ocasiones presentan un riesgo menor de desarrollar ciertos tipos de cáncer de piel en comparación con quienes no tienen tatuajes. Por su parte, la Academia Americana de Dermatología advierte sobre un aspecto práctico: tatuajes muy densos o de gran envergadura pueden dificultar la detección precoz de manchas sospechosas o señales de melanoma, al quedar ocultas visualmente bajo capas de pigmento.
Ante este panorama, los expertos coinciden en la importancia de valorar adecuadamente los beneficios estéticos y culturales de los tatuajes frente a los posibles riesgos para la salud a largo plazo. También subrayan la necesidad de seguir avanzando en estudios epidemiológicos y clínicos que aclaren las interacciones entre los pigmentos, el sistema inmunitario y el desarrollo de distintas patologías.


