El Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA, conocido como JPL y situado en Pasadena, California, es famoso por gestionar misiones espaciales complejas y robots que exploran Marte. Fundado en la década de 1930 y administrado por el California Institute of Technology (Caltech), el JPL ha liderado numerosas iniciativas científicas y tecnológicas, desde sondas planetarias hasta telescopios espaciales. Recientemente, sin embargo, el centro de investigación se ha convertido en el foco de una serie de sucesos que desafían las explicaciones convencionales.
El científico Michael Hicks, que dedicó décadas al JPL, falleció en julio de 2023 a los 59 años. Hicks trabajó en el laboratorio desde 1998 hasta 2022 y contribuyó a proyectos destacados como la misión DART, orientada al estudio y desviación de asteroides cercanos, así como al rastreo continuo de objetos próximos a la Tierra. También participó en la misión Dawn, dedicada al estudio de asteroides del cinturón principal. Además de sus labores como investigador en propiedades físicas de cometas y asteroides, Hicks se distinguía por sus aficiones artísticas, tocando el ukelele durante campañas de observación en el Monte Palomar y practicando pintura al óleo y trabajo con metales.
La muerte de Hicks no tuvo una causa oficial divulgada públicamente y no se realizó autopsia, lo que generó de inmediato cuestionamientos entre sus colegas. Su obituario solicitó donaciones a Alcohólicos Anónimos, pero la falta de detalles médicos abrió la puerta a especulaciones acerca de la existencia de un patrón más amplio que estaría afectando a profesionales de alto nivel en los sectores aeroespacial y nuclear de Estados Unidos.
Una serie de desapariciones y muertes misteriosas
El caso de Hicks no es un hecho aislado. Forma parte de una lista de al menos ocho científicos y altos cargos que han muerto o desaparecido en circunstancias atípicas. Frank Maiwald, compañero de Hicks en el JPL, también falleció sin explicación oficial en julio de 2024. Meses antes, en febrero, el astrofísico Carl Grillmair fue asesinado en su propia casa, un suceso violento que tampoco tuvo esclarecimientos inmediatos.
La situación trasciende California. El general retirado William Neil McCasland desapareció en febrero tras salir de su domicilio en Albuquerque, Nuevo México, dejando atrás objetos personales esenciales. En junio de 2025, Monica Reza, exdirectora del Grupo de Procesamiento de Materiales del JPL, se esfumó durante una excursión por un sendero y nunca fue localizada.
En el Laboratorio Nacional de Los Álamos, con un papel histórico en el desarrollo de armas nucleares, continuaron los incidentes. Anthony Chavez y Melissa Casias desaparecieron de sus hogares en 2025 sin llevar documentos, carteras ni teléfonos móviles, interrumpiendo abruptamente sus trayectorias profesionales.
Sospechas de interferencia externa
La concentración de casos entre expertos en tecnologías críticas ha puesto en alerta a las agencias de seguridad. Chris Swecker, exsubdirector del FBI, señaló que estas situaciones deben considerarse sospechosas debido al perfil estratégico de las víctimas. Según él, estos profesionales poseen conocimientos sensibles que son objeto de interés internacional.
“Se puede concluir que todos estos casos resultan sospechosos, y se trata de científicos que trabajaron en tecnología crítica”, afirmó Swecker. Añadió que agencias de inteligencia extranjeras llevan décadas intentando apropiarse de avances tecnológicos de Estados Unidos. “China, Rusia e incluso algunos de nuestros aliados —Pakistán, India, Irán, Corea del Norte— tienen como objetivo este tipo de conocimiento”, explicó el exagente.
Pérdidas en otros sectores de la ciencia avanzada
Otros ámbitos científicos también han sufrido muertes violentas en los últimos años. En diciembre de 2025, el investigador de energía de fusión Nuno Loureiro fue asesinado en su domicilio por un exempleado. Más recientemente, el farmacéutico Jason Thomas, especialista en terapias oncológicas en Novartis, fue hallado muerto en un lago de Massachusetts tras varios meses desaparecido.
Estas circunstancias han reavivado el debate sobre la seguridad de los profesionales que manejan información y tecnología estratégicas. Las autoridades continúan investigando cada caso, sin descartar ninguna hipótesis, mientras comunidades científicas de todo el país expresan preocupación por el bienestar y la protección de quienes trabajan en áreas críticas para la defensa y el desarrollo tecnológico de la nación.


