
La ciencia recientemente ha dado un nuevo significado a las horas que muchos dedicaron a jugar con Game Boy durante la infancia. Si tus padres pensaban que capturar pequeños monstruos de bolsillo era una actividad inútil, investigadores de la Universidad de Stanford han demostrado que esa práctica pudo haber moldeado la estructura física del cerebro de forma permanente y exclusiva.
El estudio, publicado en la revista Nature Human Behavior, indica que los adultos que jugaron intensamente a Pokémon en su niñez desarrollaron una región cerebral específica para almacenar información sobre los personajes del juego. Esa área responde de forma preferente e inmediata siempre que el individuo ve un Pikachu, un Bulbasaur o cualquiera de las cientos de criaturas que conforman la franquicia.
La organización funcional del córtex visual humano tiende a ser bastante consistente entre diferentes personas, sobre todo en las zonas encargadas de identificar rostros o entornos. Los científicos querían comprender cómo decide el cerebro dónde ubicar nuevas categorías de información visual. El universo de Pokémon se presentó como un escenario ideal para este experimento, dado que los niños jugaban siempre a la misma distancia de la pantalla y se exponían repetidamente a estímulos muy similares.
Para estudiar este fenómeno, los investigadores emplearon resonancia magnética funcional (fMRI) con el fin de monitorizar la actividad cerebral de adultos que habían sido jugadores activos desde los cinco años. Cuando estos voluntarios observaban imágenes de los monstruos de bolsillo, una zona concreta en la ranura occipitotemporal del hemisferio cerebral mostraba una activación intensa que no se detectaba en el grupo de control, compuesto por participantes que no habían jugado a Pokémon en su infancia.
La resonancia magnética funcional es una técnica de neuroimagen que mide los cambios en el flujo sanguíneo asociados a la actividad neuronal. Al detectar variaciones en la concentración de oxígeno en la sangre, la fMRI permite mapear regiones del cerebro implicadas en tareas específicas, como el reconocimiento visual de rostros, palabras o, en este caso, personajes de videojuego.
“Lo peculiar de Pokémon es la existencia de cientos de personajes y la necesidad de diferenciarlos para jugar con éxito”, explica Jesse Gomez, autor principal del estudio y antiguo jugador aficionado. Gracias a su propia experiencia analógica, formuló la hipótesis de que el cerebro podría dedicar una zona exclusiva a estos estímulos. “El juego te recompensa por individualizar cientos de criaturas con apariencia muy similar”, añade.
La localización de esta nueva región no es aleatoria: aparece en el mismo punto en casi todos los jugadores experimentados porque el cerebro procesa las imágenes que ocupan el centro de la visión —como la pantalla de una consola portátil— de manera diferenciada. Esto sugiere que la forma en que observamos los objetos durante el desarrollo puede dictar la organización física de nuestro órgano neuronal.
Este hallazgo sitúa a Pokémon en un reducido grupo de categorías tratadas de forma singular por el cerebro humano. Hasta ahora, el órgano dedicaba áreas específicas solo a rostros, palabras, números o entornos. Observar que una franquicia de videojuegos logra crear su propio territorio neural supone un hito para la neurociencia moderna.
“El estudio demostró que los adultos con experiencia en Pokémon muestran respuestas corticales distribuidas y distintivas para esos personajes, y que la excentricidad retiniana vivida en la infancia puede predecir la localización de las respuestas en la edad adulta”, recoge el texto de la investigación. Esto significa que la biología humana es lo suficientemente maleable como para adaptarse a estímulos culturales complejos de forma profunda.
La investigación sugiere que el cerebro puede generar compartimentos adicionales para información que requiere alta distinción visual. Según Gomez, si no se hubiera creado una región dedicada para cientos de criaturas similares y detalladas, “entonces esto nunca sucedería para nada más”. Hasta la fecha, solo unas pocas propiedades visuales que no involucran rostros o palabras reales han demostrado tal especialización anatómica.
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