La activista Nilofar Ayoubi, de 27 años, fue agredida aún en la infancia en las calles de Kunduz y empezó a vivir disfrazada de niño durante unos 10 años por decisión de su familia. El caso ocurrió durante el periodo inicial del régimen talibán en Afganistán.
Según relatos, Nilofar tenía sólo 4 años cuando un hombre se acercó a ella, la manoseó buscando señales de feminidad y amenazó con atacar a su familia si no llevaba velo. Tras el episodio, su padre decidió cortarle el pelo y hacerla vivir como un niño para protegerla.
En Afganistán existe una tradición cultural conocida como bacha posh, practicada en algunas comunidades. A través de esta costumbre, las familias visten y educan a niñas como si fuesen niños para garantizarles mayor libertad y protección social en un entorno marcado por normas de género muy rígidas. Históricamente, esta práctica ha permitido a las jóvenes acceder a la educación, al empleo y a la vida pública, actividades que les estarían vetadas como niñas.
Entre 1996 y 2001, durante el primer periodo de control del régimen talibán, las mujeres afganas sufrieron una de las mayores restricciones de derechos de su historia reciente. El acceso a la escuela para niñas fue prohibido, y las mujeres no podían trabajar en prácticamente ningún sector. Su movilidad quedaba supeditada a la presencia de un acompañante masculino y al uso obligatorio del velo integral, lo que limitaba drásticamente su participación en la vida social y cultural. Tras la intervención internacional encabezada por Estados Unidos en 2001, se produjeron avances significativos en materia de educación y empleo para las mujeres, incluyendo un aumento en la matrícula escolar femenina y la incorporación de mujeres al ámbito laboral. Sin embargo, el retorno del Talibán al poder en agosto de 2021 revirtió gran parte de estos logros, imponiendo de nuevo severas restricciones que han forzado a muchas a huir del país y buscar asilo en otras naciones.
Durante ese periodo en el que vivió como niño, Nilofar empezó a tener acceso a actividades y libertades que no estaban permitidas a las niñas. “Recibía el mismo trato que mis hermanos”, comentó. En una entrevista con la BBC, recordó: “Podíamos caminar kilómetros y kilómetros. Íbamos en coche a ver deportes, teníamos amigos en el vecindario y pasábamos todo el tiempo jugando en la calle”.
El cambio se produjo a los 13 años, cuando Nilofar tuvo su primera menstruación. Relató el impacto del momento: “tanta rabia por ser mujer que, por la noche, lloraba en la cama”.
Con la caída inicial del régimen talibán en 2001, logró asistir a la escuela y mantuvo un buen rendimiento académico. Ya de adulta, a los 19 años, se casó y, posteriormente, emprendió negocios en los sectores de moda, mobiliario y diseño de interiores, empleando a mujeres. En su apogeo, llegó a tener cerca de 300 empleadas.
La situación volvió a cambiar en 2021, cuando el Talibán retomó el control de Kabul. Nilofar abandonó el país junto a su familia tras recibir ayuda internacional. Contó: “Durante una entrevista con un periodista polaco, me preguntaron si figuraba en alguna de las listas de evacuación del país. Respondí que no. Me pidió un tiempo y, cuando llamó de nuevo, dijo que había un avión de Polonia que, quizá, conseguiría sacarnos del país”.
Tres días después, llegó a Polonia, donde inició una nueva etapa. Desde entonces, ha trabajado como defensora de los derechos humanos, participando en actos en países como Bélgica, Alemania y Estados Unidos.
Al hablar sobre su trayectoria, afirmó: “No quiero ser alguien que nació, vivió unos años y murió sin contribuir con nada”.


