En el otoño de 1978, en las cercanías de Modesto, California, la adolescente Mary Vincent, entonces con 15 años, vivió uno de los ataques más brutales registrados en la región. Aceptó hacer autostop para llegar hasta la casa de su abuelo y, tras subirse al vehículo de Lawrence Singleton, un exmarinero de 51 años, fue secuestrada, agredida y mutilada con un hacha en una solitaria carretera rural.
El autostop, práctica en la que una persona pide transporte gratuito a conductores desconocidos, era más habitual en aquella época, especialmente entre jóvenes que no disponían de medios propios para viajar distancias cortas. Sin embargo, con el paso de los años quedó advertido como un recurso de riesgo por la ausencia de controles de seguridad y por la posibilidad de encontrarse con sujetos peligrosos.
Según los documentos judiciales aportados al juicio, Singleton dejó inconsciente a Mary tras maniobras de asfixia y forcejeo. Cuando ella recobró el conocimiento, el agresor, en aparente estado de frialdad, le espetó: “¿Quieres que te deje libre? Entonces te liberaré”. Acto seguido, utilizó un hacha para amputarle ambos brazos y la empujó por un desfiladero cercano.
Pese al shock traumático y al intenso dolor, la supervivencia de la joven se vio impulsada por un pensamiento constante: “No puedo dormir. Él hará lo mismo con otra persona. No puedo permitirlo”, relató Mary años más tarde en una entrevista para la revista Open Ceilings Magazine. Para detener la hemorragia, ella aplicó tierra y ramitas en los muñones y, con un esfuerzo sobrehumano, escaló un precipicio de aproximadamente nueve metros hasta llegar a una carretera.
A la mañana siguiente, dos automovilistas encontraron a Mary vagando por la cuneta con los brazos erguidos, sujetando los músculos expuestos para evitar la separación total de las extremidades. La trasladaron de inmediato a un hospital regional en Modesto, donde recibió atención quirúrgica y se realizaron las primeras tomografías y radiografías. Durante su ingreso, colaboró con un artista forense que dibujó el retrato robot de su agresor.
En la audiencia judicial, Mary se presentó en la sala con una prótesis de gancho plateado en cada muñón. Frente a Singleton, señaló con voz firme: “Fui atacada, violada y mis manos fueron cortadas. Él usó un hacha… Me dejó para morir”. Su testimonio resultó clave para la condena.
Lawrence Singleton fue sentenciado en 1979 a 14 años de prisión, la pena máxima que imponía entonces la ley de California para un delito de secuestro con agravantes y mutilación. No obstante, tras cumplir únicamente ocho años gracias a reducciones por buena conducta y el sistema de libertad condicional de la época, fue puesto en libertad en 1987. Su excarcelación generó gran indignación pública: al no ser bien recibido en ninguna comunidad, tuvo que residir en un remolque dentro de la prisión de San Quentin.
En 1997, Singleton fue condenado a muerte en Florida por el asesinato de una nueva víctima, Roxanne Hayes. Mary Vincent declaró entonces a la agencia UPI que se sentía devastada: “Jamás creí que esto tendría que repetirse para que alguien comprendiera que jamás debió ser liberado”.
A raíz de su experiencia, Mary dedicó años a dar testimonio ante comisiones legislativas en Sacramento. Sus intervenciones impulsaron la aprobación de una reforma conocida popularmente como “ley Singleton”, que endureció las penas para agresores sexuales y sujetos que cometan secuestros con mutilación. Esta legislación sentó precedente en varios estados de EE. UU., promoviendo, entre otras medidas, el alargamiento de las condenas mínimas obligatorias y la restricción del acceso al régimen de libertad condicional.
Hoy, Mary Vincent reside en Washington y compagina su trabajo artístico con el diseño de prótesis funcionales personalizadas, utilizando componentes de equipos industriales reciclados. Su historia ha quedado registrada en estudios de medicina forense y en manuales de supervivencia, y sigue siendo un ejemplo de resiliencia y de transformación del dolor en acción social.


