Karanbir Singh Cheema, de 13 años, falleció en una escuela de Londres después de que un alumno le arrojara un trozo de queso en el rostro durante el recreo, desencadenando una reacción de anafilaxia. El adolescente, que padecía alergia grave a los productos lácteos, pasó de un estado normal a la pérdida de consciencia en menos de diez minutos y murió diez días más tarde en el hospital.
Según el informe forense, los estudiantes implicados desconocían la gravedad de la condición de Karanbir. La médico forense que firmó el certificado de defunción describió el incidente como un “acto infantil e irreflexivo”, y destacó que no existía intención de causar daño grave. Aun así, la investigación recogió diversas deficiencias en el manejo de la alergia por parte del centro educativo.
Entre los principales fallos señalados figuran la falta de concienciación de alumnos y personal sobre la alergia del joven, así como las carencias en el plan de cuidados médicos de la escuela. El informe revela que disponían de un único autoinyector de adrenalina —cuando las directrices recomiendan contar con al menos dos para casos de alergias severas— y que el dispositivo estaba caducado. Durante la emergencia, los sanitarios aplicaron sólo una dosis de epinefrina.
La anafilaxia es una reacción alérgica aguda y potencialmente mortal que puede instigarse por la ingestión, la inhalación o el contacto cutáneo con el alérgeno. En el caso de las alergias a la leche, bastan pequeñas cantidades de lactosa o proteínas lácteas para desencadenar síntomas como hinchazón de vías respiratorias, urticaria y dificultad respiratoria. Según datos de organizaciones sanitarias del Reino Unido, entre el 2% y el 3% de los niños en edad escolar presentan alguna alergia alimentaria, y los lácteos figuran entre los desencadenantes más frecuentes.
Las guías de la National Health Service (NHS) y de la Food Standards Agency recomiendan que los centros educativos cuenten con planes de gestión personalizados para cada alumno alérgico. Estos planes deben incluir la formación de todo el personal en el uso de autoinyectores de adrenalina, simulacros periódicos de respuesta ante anafilaxias y la implantación de protocolos claros para la retirada inmediata del alérgeno. Además, los padres deben remitir a la escuela la información médica actualizada y el equipo de emergencia dentro de su fecha de caducidad.
Expertos consultados en la investigación subrayan que las reacciones fatales por contacto dérmico son raras, pero en alergias severas pueden ser inmediatas. La rapidez en la administración de adrenalina —idealmente en los primeros cinco minutos tras la exposición— puede aumentar significativamente las posibilidades de supervivencia. Sin embargo, la pérdida de tiempo o el uso de un autoinyector caducado reducen drásticamente la eficacia de la intervención.
La tragedia de Karanbir ha provocado un debate renovado sobre la normativa en colegios del Reino Unido y la necesidad de reforzar la educación en alergias alimentarias. Varias asociaciones de pacientes alérgicos exigen ahora que las autoridades incrementen los recursos para la formación de docentes y que obliguen a las escuelas a mantener, en todo momento, un suministro válido de epinefrina.
La familia del adolescente expresó su deseo de que la muerte de Karan sirva de alerta para evitar futuros casos similares. El padre declaró: “La muerte de Karan dejó un vacío que nunca será rellenado. El dolor y la tristeza de perderlo son tan intensos y recientes que parece imposible superar este sufrimiento”. Los progenitores también han reclamado una revisión completa de los protocolos de emergencias en los centros escolares.
Las autoridades educativas locales han abierto un expediente para revisar las prácticas del colegio y estudiar posibles sanciones. Mientras tanto, la comunidad escolar de Londres reflexiona sobre la importancia de la prevención y la responsabilidad compartida para proteger a los niños con alergias graves.


