En el Reino Unido, la joven Olivia Farnsworth ha ganado repercusión internacional por padecer una condición genética extraordinariamente rara que le impide percibir tres sensaciones fisiológicas básicas: dolor, hambre y fatiga. Esta combinación se debe a una deleción en el brazo corto del cromosoma 6, un defecto heredado que afecta la transmisión de señales nerviosas esenciales desde los órganos y tejidos hasta el cerebro.
Desde su más tierna infancia, los padres de Olivia advirtieron que algo no encajaba. Mientras otros bebés y niños pequeños reaccionan al menor golpe o caída con llanto y gestos de dolor, Olivia permanecía impasible, sin emitir sonido alguno ni mostrar gestos de sufrimiento. Pese a los numerosos golpes y rasguños propios de la infancia, la niña no registraba malestar aparente. El asunto cobró especial atención cuando Olivia, aproximadamente a los 10 años, sufrió un grave accidente de tráfico: fue atropellada y arrastrada varios metros, sin que en ningún momento manifestara signos visibles de dolor o angustia física.
Los expertos médicos han explicado que el cromosoma 6 contiene genes que regulan la función de nervios sensoriales encargados de enviar al sistema nervioso central la alerta de daño tisular, la señal de inanición o la necesidad de descanso. En el caso de Olivia, la deleción ha inutilizado buena parte de estos circuitos, de modo que el cuerpo no genera ni transmite las respuestas biológicas habituales. Esto significa que, aunque sus tejidos resulten lesionados, ella no recibe el aviso interno de que algo va mal y, por tanto, no adopta las conductas protectoras que aplicamos de forma natural: apartarse de la fuente de dolor, ingerir alimento o buscar descanso.
La ausencia de hambre y fatiga, combinada con la incapacidad de sentir dolor, obliga a la familia y al equipo médico a diseñar una rutina extremadamente rigurosa. Olivia debe comer en horarios prefijados, con menús supervisados por nutricionistas, y respetar periodos de sueño establecidos, aun sin experimentar somnolencia. Además, requiere controles periódicos para descartar lesiones internas o complicaciones de órganos, pues la falta de dolor podría ocultar fracturas, quemaduras o úlceras.
El dolor es un mecanismo de defensa básico en el ser humano: alerta sobre posibles daños físicos y desencadena respuestas reflejas y hormonales que facilitan la curación. La sensación de hambre regula los niveles de glucosa, promueve el aporte energético y mantiene el metabolismo. La fatiga, por su parte, indica agotamiento muscular y mental, evitando el sobreesfuerzo. La carencia de estos tres sistemas de aviso convierte la vida de Olivia en un reto diario, donde cada actividad, por banal que parezca, acarrea riesgos.
Este trastorno congénito se enmarca en un conjunto de neuropatías sensoriales raras, de las que se han descrito apenas un puñado de casos en la literatura médica. No existen curas definitivas: el abordaje clínico se centra en la prevención de lesiones, la vigilancia constante y la educación familiar. Aun así, las redes sociales han popularizado la figura de Olivia como una suerte de “superheroína biónica”, un mito alejado de la realidad médica. Especialistas y allegados insisten en que, lejos de un don, esta condición supone una carga indeclinable de atención continua y un riesgo permanente para su salud.
El caso de Olivia Farnsworth contribuye a visibilizar la importancia de las señales sensoriales para la supervivencia y subraya los desafíos que enfrentan quienes padecen enfermedades genéticas infrecuentes. Asimismo, refuerza la necesidad de investigación en terapias génicas y farmacológicas que, en el futuro, puedan restaurar al menos parte de la función sensitiva dañada por mutaciones cromosómicas.


