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“Hermanos diabólicos” matan a toda la familia en un plan macabro y el motivo choca

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Uno de los casos criminales más impactantes de la historia de Oklahoma, en Estados Unidos, ha vuelto a llamar la atención tras revelarse detalles del plan concebido por los hermanos Robert y Michael Bever. En julio de 2015, estos dos adolescentes acabaron con la vida de cinco miembros de su propia familia en el interior de su vivienda, en un suceso que las autoridades describieron como el peor episodio criminal registrado en la ciudad de Broken Arrow, un suburbio de Tulsa con una población aproximada de 110 000 habitantes.

El crimen tuvo lugar el 22 de julio de 2015, cuando Robert Bever, de 18 años, y su hermano Michael, de 16, atacaron a sus padres, David y April Bever, así como a sus hermanos Daniel (11 años), Christopher y Victoria. Según el informe forense, las víctimas recibieron un total de más de cien puñaladas, lo que denota una extrema violencia y premeditación. El ataque fue interrumpido por una llamada de emergencia realizada por Daniel, quien llegó a comunicarse con el servicio 911 mientras se oían ruidos de forcejeo y gritos antes de que la conexión se perdiera.

Dos hermanas lograron sobrevivir a la agresión. Una de ellas, de 13 años, consiguió escapar pese a encontrarse gravemente herida; posteriormente, identificó a los autores del crimen ante las autoridades. La menor, de tan solo dos años, también sobrevivió porque se encontraba en otra estancia de la casa en el momento del ataque.

La investigación posterior puso de manifiesto que el asesinato de los familiares no había sido un acto aislado, sino el primer paso de un plan mayor. Años después, Robert Bever declaró en varias entrevistas que su intención era llevar a cabo una serie de ataques en masa en lugares públicos, tales como escuelas, cines y restaurantes. Afirmó que pretendía emular o incluso superar la cifra de víctimas registrada en la masacre de Columbine, ocurrida en 1999 en Colorado, donde dos estudiantes asesinaron a 12 compañeros y a un profesor antes de quitarse la vida.

El caso de Broken Arrow fue bautizado por la prensa estadounidense como los “Asesinatos de Broken Arrow” y generó un intenso debate sobre la seguridad en centros educativos y espacios de ocio en Estados Unidos. El término “ataque en masa” (mass shooting) se emplea para describir incidentes en los que hay al menos cuatro víctimas de disparos, y se convirtió en uno de los principales focos de la discusión sobre las leyes de control de armas en el país.

Tras su detención, Robert Bever fue condenado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional, una pena que en muchos estados de Estados Unidos implica que el reo no podrá solicitar revisión de su caso ni optar a programas de reinserción. Michael, por su parte, recibió también una pena de prisión perpetua, aunque se le permite solicitar libertad condicional en el futuro, conforme a las normativas de justicia juvenil que, en algunos estados, ofrecen la posibilidad de revisión para menores al cumplir determinadas condiciones y un mínimo de tiempo en prisión.

El sistema penitenciario estadounidense contempla diferentes modalidades de cadena perpetua: sin posibilidad de libertad (life without parole) y con posibilidad de revisión (life with parole). En el caso de Robert, la ausencia total de opción de libertad condicional responde a la gravedad y carácter premeditado del crimen, así como a la edad ya adulta del acusado en el momento de los hechos. Michael, al ser menor, se benefició de una legislación aplicada a menores que, en ciertos estados, evita sentencias definitivas sin posibilidad de reexamen.

Broken Arrow, situada a unos quince kilómetros al sureste de la ciudad de Tulsa, forma parte del condado de Wagoner y es conocida por su calidad de vida suburbana. Sin embargo, este suceso supuso una profunda sacudida en la comunidad, que hasta entonces no había registrado casos de violencia de tal magnitud. La tragedia puso de relieve también el debate sobre la salud mental en adolescentes, la facilidad de acceso a armas de fuego en los hogares estadounidenses y la necesidad de reforzar los mecanismos de detección de conductas violentas.

Este caso, junto con otros como el de Columbine o el de la escuela primaria Sandy Hook (Connecticut, 2012), ha alimentado el constante debate nacional sobre las medidas de seguridad en colegios y edificios públicos, así como la regulación del uso de armas de fuego. A día de hoy, sigue siendo un ejemplo de cómo un crimen familiar puede formar parte de un proyecto criminal más amplio y complejo, que va más allá de la tragedia doméstica y se adentra en el terreno de la violencia masiva y el terrorismo doméstico.

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