Imagen: Fracturas en la plataforma de hielo del Glaciar Thwaites (Foto: Instagram)
El “Glaciar del Juicio Final” ha reavivado las preocupaciones entre la comunidad científica por una razón sencilla y alarmante: su inestabilidad podría avanzar más rápido de lo que se pensaba. Su denominación oficial es Glaciar Thwaites, una vasta masa de hielo situada en la Antártida Occidental, en el borde norte de la capa de hielo de esa región. Su anchura es de aproximadamente 120 kilómetros, tamaño que a menudo se compara con el del Reino Unido.
Este apelativo dramático no es gratuito. Thwaites ejerce de barrera natural que retiene parte del hielo de la Antártida Occidental. Cuando una estructura de este tipo pierde estabilidad, el impacto no se limita al lugar de la ruptura: las consecuencias pueden propagarse por los océanos, elevar el nivel del mar y amenazar áreas costeras en distintos puntos del planeta.
El peligro no reside únicamente en el deshielo paulatino del hielo, sino en la posibilidad de que partes críticas de la plataforma que sostiene el glaciar colapsen. Este proceso podría acelerar la pérdida de masa helada y aumentar la contribución de la Antártida al ascenso global del nivel del mar.
Qué está ocurriendo con Thwaites
Según investigadores que monitorean la región, la plataforma de hielo delante del glaciar muestra síntomas crecientes de fragilidad. El geofísico marino Robert Larter, del British Antarctic Survey, afirmó a Live Science: “La última sección de la plataforma de hielo en la parte frontal del glaciar está a punto de desintegrarse. No sabemos exactamente cómo se romperá, pero lo que está claro es que acabará desapareciendo.”
Con esta frase resume el núcleo de la alerta: persisten dudas sobre el ritmo y la forma exacta del colapso, pero ya se observan signos visibles de debilitamiento. Imágenes satelitales revelan un aumento de fracturas y grietas. Larter añadió: “Se está separando del glaciar en este momento y su estructura interna se está volviendo cada vez más frágil. Puede apreciarse cómo las fisuras y los agrietamientos van creciendo en las secuencias de fotografías satelitales.”
Uno de los factores que impulsa este proceso es el calentamiento de las aguas subyacentes. Ese calor penetra por debajo del hielo y mina la plataforma desde su base. En la práctica, una suerte de “escudo” helado situado en el flanco oriental del sistema ha ido perdiendo resistencia. Si esta protección natural cediera por completo, porciones mayores del glaciar podrían deslizarse hacia el mar con mayor facilidad.
Por qué preocupa al mundo
Thwaites no solo representa una amenaza para la Antártida. Si su colapso desestabiliza otros bloques de hielo aledaños, los efectos podrían sentirse en las líneas costeras de todo el planeta. Algunas estimaciones apuntan a un posible aumento de hasta tres metros en el nivel medio global del mar si se dispara la pérdida masiva de hielo asociada a este sistema.
Un incremento de esta magnitud bastaría para remodelar mapas costeros, presionar a ciudades, puertos, islas, áreas agrícolas y comunidades enteras. No se trata solo de la invasión de playas por el agua; la elevación del nivel del mar puede contaminar acuíferos de agua dulce, destruir infraestructuras, agravar inundaciones durante tormentas y encarecer o complicar la protección de determinadas zonas.
Los países bajos, los deltas densamente poblados y pequeños archipiélagos figuran entre los lugares más vulnerables. El impacto no sería homogéneo, pero la lógica es simple: cuanto más baja y próxima al océano esté una región, mayor será el riesgo.
Países y regiones más expuestas
Holanda suele citarse como un ejemplo claro. Aproximadamente un tercio de su territorio se encuentra por debajo del nivel del mar, por lo que la defensa frente a inundaciones forma parte esencial de su vida nacional. Aunque cuenta con uno de los sistemas de protección costera más avanzados del mundo, depende de estas barreras para contener el avance de las aguas. En el debate público neerlandés se señala que las defensas actuales fueron diseñadas para soportar subidas considerables del nivel del mar, pero que escenarios extremos exigirían adaptaciones constantes.
Bangladesh es otro caso crítico. Su territorio combina zonas bajas, ríos extensos y alta densidad de población. Con un incremento de un metro en el nivel del mar, se calcula que entre 15 y 30 millones de personas podrían ver sus viviendas amenazadas por las aguas. Ciudades y áreas agrícolas quedarían igualmente bajo presión.
Las islas del Pacífico y del océano Índico afrontan un riesgo todavía más directo. Maldivas, Tuvalu, Kiribati, Islas Marshall, Islas Salomón y archipiélagos de Micronesia, Polinesia y Melanesia suelen mencionarse al hablar de la elevación del nivel del mar. En varios casos, la amenaza no es solo la pérdida de territorio, sino el posible desplazamiento total de regiones habitables.
Tuvalu, por ejemplo, ha explorado la creación de una “isla digital” para preservar su cultura y memoria nacional ante la amenaza climática. Esa idea ejemplifica hasta qué punto el avance del océano ha dejado de ser una predicción remota para convertirse en un desafío inmediato para países situados apenas unos metros por encima del nivel del mar.


