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Hombre sufre derrame y pierde para siempre la capacidad de sentir tristeza

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Malcolm Myatt, de 63 años, residente en Cannock, Staffordshire (Inglaterra), comenzó a vivir en un estado continuo de felicidad tras sufrir un derrame cerebral en 2004. El episodio comprometió el área del cerebro responsable del control de las emociones, de modo que dejó de sentir tristeza de manera definitiva.

El accidente vascular cerebral (derrame cerebral) se produce cuando el riego sanguíneo a una región del cerebro se interrumpe, bien sea por la obstrucción de un vaso sanguíneo (ictus isquémico) o por la rotura del mismo (ictus hemorrágico). En cualquiera de los dos casos, la falta prolongada de oxígeno daña o destruye neuronas en la zona afectada, provocando secuelas que pueden ser de índole motora, sensorial, cognitiva o emocional, según la localización y la extensión de la lesión.

En el caso de Malcolm, la lesión afectó áreas clave para la regulación emocional, como la amígdala y la corteza prefrontal ventromedial. Estas estructuras forman parte del sistema límbico y participan en el procesamiento de sentimientos de tristeza, miedo o ansiedad. Al verse comprometidas, se produjo un desequilibrio que impide al paciente experimentar tristeza, incluso ante circunstancias que habitualmente la provocarían.

Tras el derrame, Malcolm permaneció hospitalizado durante 19 semanas y sufrió varias secuelas físicas: perdió la movilidad parcial en el brazo izquierdo y tuvo dificultades para caminar, por lo que desde entonces utiliza una bengala para desplazarse. Con el tiempo, a estas limitaciones físicas se sumaron episodios de risa espontánea, sin motivo aparente, que se han convertido en parte de su día a día.

“Sempre fui una persona alegre y me gustaba contar chistes, pero ahora ya no siento tristeza”, explica Malcolm. “Recuerdo que antes conseguía entristecerme cuando sucedía algo malo, pero eso simplemente ya no ocurre. Sin duda prefiero estar feliz todo el tiempo a lo contrario”, añade. Su estado permanente de euforia genera reacciones encontradas en su entorno: mientras algunos celebran su aparente optimismo inalterable, otros se muestran preocupados por la ausencia total de tristeza.

Según sus familiares, la risa de Malcolm resulta incluso contagiosa. “Es muy infantil ahora. Cuando empieza a reír, todos en la habitación terminamos riéndonos también”, comenta su esposa, Kath. Sin embargo, esa misma risa constante puede resultar inoportuna en momentos solemnes. “Lo peor es acudir a un funeral. Él continúa sonriendo y contando chistes mientras los demás están de luto. Los médicos me dijeron que no debo disculparme por él, pero a veces necesito explicar su estado para evitar malentendidos”, reconoce Kath.

Desde el punto de vista médico, los trastornos emocionales derivados de un ictus tienen un amplio abanico de manifestaciones. Mientras que en algunos pacientes se observa depresión post-ictus o apatía, en otros, como en el caso de Malcolm, prevalece la euforia patológica. El tratamiento suele combinar rehabilitación física, terapia psicológica y, en ocasiones, medicación para estabilizar el estado de ánimo.

El caso de Malcolm ha sido recogido por medios como Daily Mail y The Mirror, donde se subraya la singularidad de vivir en un permanente estado de felicidad y los retos que ello comporta. Su historia ilustra cómo una misma lesión cerebral puede producir efectos tan dispares en la experiencia emocional de los pacientes.

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