El adolescente Aitzaz Hasan, de 15 años, murió en enero de 2014 tras impedir que un hombre-bomba entrara en una escuela de la ciudad de Hangu, en Pakistán. Con su acción, evitó que más de 2.000 estudiantes que se encontraban en el edificio resultaran heridos o fallecieran como consecuencia de la explosión. El suceso convirtió a Hasan en un héroe nacional casi de inmediato y sus actos fueron recordados como un ejemplo de valentía juvenil.
Hangu es una localidad situada en la provincia paquistaní de Khyber Pakhtunkhwa, una región que en aquella época sufría con frecuencia atentados y ataques insurgentes. Las escuelas y los centros educativos se habían convertido en objetivos recurrentes, puesto que el objetivo de los grupos extremistas era sembrar el terror entre la población civil y coartar el derecho a la educación. En ese contexto, la intervención de Hasan adquirió una relevancia extraordinaria.
Según varios testimonios de compañeros de clase, Aitzaz caminaba con un grupo de amigos hacia el colegio cuando advirtió la presencia de un individuo que actuaba de forma extraña cerca de la entrada principal. El sospechoso llevaba ocultos explosivos bajo la ropa y avanzaba con paso decidido hacia el patio de recreo, donde se aglutinaban centenas de alumnos. Mientras los estudiantes mayores se dispersaban en busca de refugio, Hasan optó por otra opción: afrontarlo directamente.
Sin dudarlo, el joven corrió en dirección al hombre-bomba y lo sujetó con fuerza, frenando su avance y alejándolo de la zona de máxima afluencia. A pocos metros de la puerta, los explosivos detonaron y acabaron con la vida de ambos. La explosión se produjo a unos 150 metros del acceso principal, lo que redujo de forma drástica el número de víctimas potenciales. Aitzaz fue rápidamente trasladado a un hospital cercano, pero sucumbió a las lesiones derivadas de la deflagración. Fue la única víctima mortal de aquel atentado.
La valentía de Aitzaz Hasan no pasó inadvertida para las autoridades de Pakistán. El gobierno concedió al joven, de forma póstuma, la condecoración civil Sitara-e-Shujjat, cuyo nombre en idioma urdu significa “Estrella del Valor”. Esta distinción es una de las más importantes que se otorgan en el país para reconocer actos excepcionales de coraje y servicio a la comunidad. El reconocimiento incluyó un acto oficial en Islamabad, donde las máximas autoridades destacaron el sacrificio de Hasan y lo presentaron como modelo de comportamiento cívico para las nuevas generaciones.
Meses después de aquel incidente en Hangu, otro ataque terrorista impactó aún con más crudeza la sensibilidad nacional: el asalto a la Escuela Pública del Ejército en Peshawar, en diciembre de 2014, que dejó más de 140 muertos, en su mayoría niños. Aunque la masacre de Peshawar concentró la atención internacional, el gesto de Aitzaz Hasan continuó siendo celebrado en Pakistán como un símbolo de resistencia y altruismo frente al terror. En muchas escuelas del país se instituyeron ceremonias anuales para rememorar su sacrificio y se añadieron medidas adicionales de seguridad en los accesos.
El padre de Aitzaz describió la pérdida de su hijo con sentimientos encontrados. “Mi hijo hizo llorar a su madre… pero salvó a cientos de otras madres de ese mismo dolor”, declaró en una entrevista poco después del ataque. Desde entonces, la figura de Hasan ha inspirado numerosas campañas sociales y educativas dedicadas a fomentar la solidaridad entre los jóvenes, promoviendo la idea de que la valentía y la responsabilidad pueden marcar la diferencia en situaciones extremas.
Contentido en 2026, el caso de Aitzaz Hasan sigue siendo una referencia obligada al hablar de la lucha contra el terrorismo en Pakistán y de la defensa del derecho a la educación. Su historia demuestra cómo la determinación de una sola persona puede cambiar el destino de miles de alumnos y, al mismo tiempo, dejar un legado de ejemplo y esperanza para todo un país.


