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Niña abandonada crece con perros salvajes y su comportamiento choca

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La ucraniana Oxana Malaya vivió cerca de cinco años junto a perros tras ser abandonada aún en la infancia y llegó a reproducir comportamientos propios de los animales, como ladrar, andar a cuatro patas y comunicarse mediante sonidos guturales. El caso se desarrolló en la década de 1980 en la aldea de Nova Blagovishchenka, en la región de Mykolaiv, y se convirtió en uno de los ejemplos más documentados de lo que los especialistas denominan “niños ferales” o “feral children”, es decir, menores que crecen sin el contacto humano necesario para un desarrollo social y lingüístico adecuado.

Según los testimonios recogidos, Oxana tenía alrededor de tres años cuando fue dejada accidentalmente o intencionadamente fuera de su hogar, en una noche de intenso frío. Incapaz de regresar al interior de la casa, la niña siguió a la perra de la familia hasta un canil cercano, donde encontró refugio. Un gesto que debía ser provisional se prolongó durante años. “Mi madre tenía demasiados hijos. No teníamos camas suficientes”, llegó a relatar Oxana al recordar su infancia.

Durante ese periodo, la niña convivió con decenas de canes que habitaban el lugar. Para alimentarse, ingería restos de comida que encontraba en la basura y, en ocasiones, carne cruda hallada en los alrededores. Sin interacción humana significativa, perdió la capacidad de hablar y comenzó a comunicarse mediante ladridos, gruñidos y gemidos. “Yo hablaba con ellos, ellos ladraban y yo repetía. Esa era nuestra forma de comunicación”, explicó en una de sus pocas entrevistas para televisión.

Asimismo, Oxana adoptó hábitos caninos, como dormir en el suelo endurecido y desplazarse apoyada en manos y rodillas. El hecho permaneció desconocido durante años hasta que varios vecinos alertaron a las autoridades al oír a la niña emitiendo sonidos de perro. Cuando los servicios sociales y la policía llegaron al lugar, hallaron a la pequeña rodeada de perros —algunos de los cuales mostraron conducta protectora y dificultaron el rescate—, por lo que fue necesario distraer a los animales con alimento para poder separarla de ellos.

Tras el rescate, Oxana fue trasladada a una institución especializada donde recibió atención médica, educativa y psicológica. El director del centro describió que “era más parecida a un perrito que a una niña humana. Mostraba la lengua al ver agua y comía utilizando el hocico como un perro”. A pesar de no haber desarrollado una estructura lingüística hasta casi los ocho años de edad, logró aprender a hablar y adquirir destrezas básicas de comportamiento humano. Sin embargo, los expertos señalan que los efectos del aislamiento prolongado dejaron secuelas permanentes: su desarrollo intelectual se equipara al de una niña de corta edad.

En la actualidad, Oxana Malaya reside en un centro de cuidados especiales en Ucrania y mantiene contacto frecuente con los animales. Algunos rasgos de su comportamiento primigenio persisten. “Cuando me siento sola… reptilo a cuatro patas. Es mi modo de expresar la soledad. Al no tener con quién, paso el tiempo con perros, salgo a pasear y hago lo que quiero. Nadie se da cuenta de que camino a cuatro patas”, relató.

Contexto y antecedentes
En la literatura científica y antropológica existen otros casos famosos de niños y niñas ferales, como Victor de l’Aveyron (Francia, finales del siglo XVIII) o la denominada “Niña de Génova” (India, años 1920), quienes igualmente sufrieron el aislamiento social total durante su primera infancia. Estos ejemplos han sido estudiados para comprender la importancia del periodo crítico en el desarrollo del lenguaje y de las habilidades sociales.

La hipótesis del “periodo crítico” sugiere que existe una ventana de tiempo, generalmente entre los dos y los siete años de edad, en la que el cerebro humano está especialmente receptivo a la adquisición del lenguaje y las normas sociales. La falta de estimulación en ese intervalo puede ocasionar daños irreversibles en la capacidad de comunicación verbal y en la interacción social.

Aunque los casos de infancia sin socialización adecuada son excepcionales, han contribuido a reforzar la comprensión de la neuroplasticidad y de los mecanismos cognitivos que regulan el aprendizaje humano. Asimismo, han impulsado políticas de protección y detección temprana del abandono y el maltrato infantil en distintas regiones del mundo.

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