La rusa Fagilyu Mukhametzyanov fue declarada muerta y se realizó su propio velatorio cuando, ante el asombro de los presentes, abrió los ojos dentro del ataúd y dio señales de vida. Apenas unos minutos más tarde, sin embargo, sufrió una nueva parada cardíaca y falleció definitivamente, dejando en estado de shock a sus familiares.
Según los testimonios recabados, el episodio ocurrió después de que unos allegados realizaran oraciones junto al féretro. Durante la ceremonia, los dolientes notaron que Fagilyu agitaba ligeramente las extremidades y, al inspeccionar el interior del ataúd, comprobaron que había recuperado la conciencia. Presa del pánico, la mujer gritó al percatarse de su situación, por lo que rápidamente fue trasladada de nuevo al hospital.
Los médicos activaron el protocolo de urgencia y la llevaron a la unidad de cuidados intensivos, donde recibieron maniobras de reanimación cardiopulmonar. A pesar de los esfuerzos del equipo sanitario, Fagilyu sufrió un paro cardíaco irreversible aproximadamente doce minutos después de volver a abrir los ojos. La causa oficial del fallecimiento fue un infarto agudo de miocardio, presumiblemente desencadenado por el fuerte shock emocional y físico.
El viudo, Fagili Mukhametzyanov, cuestionó abiertamente el manejo del caso. “Estoy muy enfadado y quiero respuestas”, declaró. “Ella no estaba muerta la primera vez, y podrían haberle salvado la vida”, añadió. Por su parte, el centro hospitalario emitió un comunicado en el que informó haber abierto una investigación interna para esclarecer las circunstancias que rodearon la supuesta muerte inicial y la posterior reanimación fallida.
Este tipo de sucesos guarda relación con lo que en medicina se conoce como ‘fenómeno de Lázaro’ o reaparición espontánea de la circulación tras un paro cardíaco. Se trata de un acontecimiento muy poco frecuente que aún genera debate en la comunidad científica. En general, la certeza de la muerte requiere la verificación de signos vitales como la ausencia de pulso, la desaparición de ruidos cardiacos al fonendo y la detención total de la actividad cerebral en pruebas de electroencefalograma. No obstante, en contextos de recursos limitados o protocolos apresurados, pueden producirse errores de diagnóstico.
Casos similares han sido reportados en distintas partes del mundo. Recientemente, en Perú, la mujer Rosa Isabel Céspedes Callaca fue declarada muerta tras un accidente de tráfico, pero horas más tarde se observó que presentaba respiración y pulso durante su velatorio. En otro episodio documentado en Asia, un paciente en coma recibió atención tardía al confundir convulsiones con movimientos post mortem.
El suceso también pone de manifiesto la importancia de reforzar los procedimientos de declaración de muerte. Organizaciones médicas internacionales recomiendan al menos dos certificaciones independientes y la utilización de equipos de monitorización avanzados para descartar cualquier signo de reanimación espontánea.
Por su parte, Juan Segundo Cajo, encargado del cementerio donde se celebró el velatorio, relató: “Viéndola sudar y parpadear, supe que algo no encajaba. Fui de inmediato a la oficina y llamé a la policía”. La noticia ha reavivado el debate sobre los límites de la medicina forense y la necesidad de protocolos más exhaustivos para evitar falsas certificaciones de defunción.
En definitiva, la tragedia de Fagilyu Mukhametzyanov recuerda la delgada línea que puede existir entre la vida y la muerte, y subraya la urgencia de perfeccionar los métodos de confirmación médica para garantizar que un diagnóstico de fallecimiento sea inequívoco.


