Una operación de inteligencia que duró años fue la piedra angular para el asesinato del líder supremo iraní, Khamenei. Durante este prolongado proceso, los servicios de inteligencia de EE.UU. e Israel coordinaron labores de recopilación de información mediante fuentes abiertas y encubiertas, así como la colaboración entre distintas agencias, incluidos departamentos especializados en análisis geoespacial y criminología forense. Con la combinación de técnicas clásicas de espionaje y herramientas digitales avanzadas, consiguieron una planificación meticulosa del operativo.
Israel utilizó investigaciones forenses avanzadas para estudiar desde restos materiales hasta posibles patrones de conducta, al tiempo que llevó a cabo la invasión de cámaras de tráfico urbano y el monitoreo continuo de redes celulares. Por medio de la interceptación de señales de antenas base y el análisis de metadatos, fue posible reconstruir itinerarios, horarios de desplazamiento y hábitos de los objetivos sin necesidad de presencia física constante. Estas acciones incluyeron la identificación de puntos críticos de control en Teherán y la evaluación de las distancias hasta zonas residenciales clave.
La estrategia desplegada permitió que los servicios secretos analizaran patrones de rutina de los dirigentes de mayor relevancia y predijeran movimientos de seguridad en tiempo real. Aplicando técnicas de mapeo digital, crearon un modelo de la ciudad equiparable al que emplean para la propia Jerusalén, con niveles de detalle que incluían la posición de cámaras de videovigilancia, sensores de tráfico y rutas de vehículos oficiales. El estudio de grandes volúmenes de datos urbanos, junto al procesamiento de imágenes y la información obtenida de dispositivos móviles, sirvió para determinar cuándo resultaba más vulnerable el convoy de Khamenei.
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El nivel de espionaje reveló un examen exhaustivo de los hábitos del círculo más cercano de Khamenei y de sus guardaespaldas personales. A través del hackeo de infraestructuras urbanas —tanto de sistemas de señalización como de redes de comunicaciones internas— y la posterior minería de datos, los servicios secretos israelíes consiguieron identificar puntos débiles en las rutas de desplazamiento, evaluar posibles riesgos y prever rutas alternativas del objetivo principal antes de ejecutar la misión.
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El despliegue tecnológico incluyó la superposición de mapas topográficos con datos en directo, obtenidos de sensores móviles y aplicaciones de geolocalización, lo que permitió calcular con precisión los márgenes de error y el tiempo exacto en que el convoy oficial estaría expuesto. Asimismo, la coordinación entre unidades de inteligencia humana (HUMINT) y la explotación de inteligencia técnica (TECHINT) fue esencial para validar la información y contrastarla con testimonios locales, fotografías aéreas y registros de acceso a edificios oficiales.
La operación demuestra el grado de sofisticación que pueden alcanzar las agencias de espionaje en la era digital, donde la combinación de datos estructurados y no estructurados posibilita el seguimiento de un objetivo con gran detalle. Por otro lado, subraya los retos de seguridad que enfrentan las infraestructuras urbanas y las redes de comunicación en grandes urbes, donde la proliferación de cámaras, sensores y teléfonos móviles genera un volumen de información vulnerable a intrusiones.
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