
Banderas de la UE ondean frente a la sede de la Comisión Europea en Bruselas. (Foto: Instagram)
La Unión Europea ha expresado públicamente su rechazo ante las presiones ejercidas por Estados Unidos con el objetivo de impulsar una posible anexión de Groenlandia. En respuesta a estas maniobras diplomáticas, los Veintisiete han puesto sobre la mesa la opción de adoptar medidas comerciales como forma de contrapartida, con el fin de salvaguardar tanto la soberanía danesa sobre el territorio como los intereses europeos en la región ártica.
Groenlandia, un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, mantiene un estatuto especial en relación con la UE al estar incluida en la categoría de Países y Territorios de Ultramar. Aunque no forma parte plenamente del mercado único, disfruta de acceso libre a él y de acuerdos de cooperación que abarcan materias como la pesca y la investigación científica. Este marco legal ha sido clave para la UE, que busca defender el principio de integridad territorial y el respeto a las vías multilaterales de resolución de conflictos.
El interés en Groenlandia no es únicamente político. La isla atesora cuantiosos recursos naturales, entre los que destacan yacimientos de minerales críticos para la transición energética, reservas potenciales de gas natural y una posición estratégica para las rutas marítimas que se abren con el deshielo del Ártico. Por otra parte, en su territorio se mantiene la histórica base de Thule, donde Estados Unidos ha reforzado su presencia militar durante décadas. Todo ello convierte a Groenlandia en un eje geoestratégico que trasciende cualquier iniciativa unilateral.
En el seno de Bruselas se barajan distintas formulas de ajuste comercial: la imposición de aranceles aduaneros, la revisión de permisos de exportación de productos pesqueros y la posibilidad de paralizar futuras inversiones comunitarias destinadas a proyectos de infraestructura. Estas contramedidas, que todavía no han recibido luz verde oficial, pretenden ejercer presión económica sin recurrir a sanciones políticas directas, y reforzar así la posición negociadora de la UE en un eventual diálogo con Washington y Copenhague.
La crisis se enmarca además en un contexto más amplio de tensiones entre la UE y EE. UU. en materia comercial. En los últimos años, Bruselas ha respondido a medidas proteccionistas con la imposición de aranceles recíprocos en sectores como la agricultura o la industria manufacturera. La eventual disputa sobre Groenlandia podría convertirse en un nuevo capítulo de esta pugna transatlántica, donde el equilibrio entre defensa de principios y gestión de alianzas estratégicas se ha vuelto especialmente delicado.
De cara al futuro, la UE apela a una resolución pacífica y basada en el Derecho Internacional, recordando la importancia de los foros multilaterales como el Consejo Ártico. Al mismo tiempo, advierte de que no dudará en emplear herramientas comerciales para proteger la cohesión interna del bloque y garantizar el respeto a los acuerdos vigentes con sus territorios ultramarinos. En última instancia, la población groenlandesa y los intereses de larga data de la Unión Europea podrían verse directamente afectados por la evolución de esta disputa, lo que refuerza la necesidad de un enfoque coordinado y estable en la región.


