Investigaciones en neurociencia evolutiva y genética plantean que el Trastorno del Espectro Autista (TEA) no debe considerarse únicamente como un déficit, sino como una manifestación de la diversidad neurológica surgida durante la rápida evolución del neocórtex humano. Estudios de universidades como Stanford y centros de la California University muestran que las mutaciones que impulsaron el desarrollo del lenguaje, el pensamiento abstracto y otras capacidades superiores también pudieron generar, como efecto secundario, rasgos asociados al autismo.
Lejos de entenderse como un “fallo”, el autismo encajaría en los denominados “trade-offs” evolutivos: ventajas y costes que, a lo largo de millones de años, moldearon nuestro cerebro. Características como la atención extrema al detalle, el pensamiento sistemático y la habilidad para resolver problemas complejos podrían haber conferido beneficios adaptativos en distintos contextos históricos.
No obstante, los científicos advierten que el autismo es multifactorial —con influencias tanto genéticas como ambientales— y piden prudencia antes de adoptar esta hipótesis como explicación definitiva, considerándola más bien como una nueva perspectiva para estudiar la compleja evolución de la cognición humana.


